Plata americana, gas natural y moneda de reserva son privilegios muy diferentes, pero los tres pueden convertirse en formas de abundancia externa. Esa abundancia plantea una pregunta que atraviesa toda esta serie: cómo utilizar una fuente extraordinaria de poder económico sin permitir que termine debilitando aquello que deberá sostener al país cuando esa ventaja disminuya.
A lo largo de esta serie recorrimos situaciones históricas muy diferentes. La monarquía española dispuso durante siglos de enormes cantidades de plata americana; los Países Bajos descubrieron bajo Groningen una de las mayores reservas de gas natural de Europa; Estados Unidos posee algo menos tangible pero extraordinariamente poderoso: emite la moneda y buena parte de los activos financieros que el resto del planeta utiliza para comerciar, ahorrar y acumular reservas.
No son fenómenos equivalentes. La plata americana procedía de un sistema imperial y minero; el gas neerlandés era una riqueza natural agotable; el privilegio estadounidense depende de la posición internacional del dólar, de la profundidad de sus mercados financieros, del tamaño de su economía y de la confianza en sus instituciones. Pero después de analizar cada caso por separado aparece una semejanza que vale la pena explorar: los tres ampliaron durante largos períodos la capacidad de consumir, gastar o importar sin exigir inmediatamente un aumento equivalente de la producción doméstica.
Esa posibilidad constituye un privilegio, pero también puede transformarse en una trampa. Por eso el último artículo de esta serie quizá no deba volver a preguntarse por qué España gastó su plata, qué ocurrió con el gas de Groningen o cómo funciona el dilema de Triffin. Esos temas ya los recorrimos. La pregunta más interesante para cerrar el camino es otra: ¿qué debería hacer un país cuando descubre que dispone de una fuente extraordinaria de riqueza, ingresos o financiación externa?
El primer peligro aparece cuando lo extraordinario comienza a parecer normal
Una bonanza rara vez llega acompañada de una fecha de vencimiento. Cuando comienza, nadie sabe cuánto durará y, si se prolonga durante dos o tres décadas, termina integrándose a las expectativas de toda la sociedad. Los gobiernos incorporan nuevos compromisos, las empresas invierten suponiendo que determinadas condiciones continuarán y las familias adaptan sus decisiones al nuevo nivel de prosperidad.
El problema aparece cuando un ingreso excepcional termina financiando obligaciones permanentes. Un Estado puede aumentar salarios, jubilaciones, subsidios o estructuras administrativas con recursos provenientes de una bonanza, pero esas obligaciones difícilmente desaparezcan cuando caiga el precio del recurso que las financiaba. La economía puede entonces descubrir que transformó una ventaja transitoria en una estructura de gasto permanente.
La literatura contemporánea sobre países ricos en recursos insiste precisamente en esa diferencia. El Fondo Monetario Internacional considera que la combinación de volatilidad, incertidumbre y agotamiento de los recursos naturales justifica mecanismos que permitan ahorrar durante los períodos favorables, mantener activos líquidos para absorber shocks y distribuir una parte de la riqueza a lo largo del tiempo. No existe una fórmula universal y la estrategia depende de las características de cada país, pero el principio general está bien establecido: una renta extraordinaria no debería ser tratada del mismo modo que un ingreso fiscal estructural.
Podríamos expresarlo de otra manera: una bonanza debería modificar el patrimonio de un país antes de modificar de manera irreversible su nivel de gasto. Eso no significa ahorrar todo, sino evitar que una buena década obligue a vivir las siguientes como si aquella década nunca fuera a terminar.
Noruega y la decisión de convertir petróleo en patrimonio
El caso noruego resulta especialmente interesante porque su arquitectura institucional parte precisamente de esa idea. El flujo neto de ingresos petroleros del Estado se transfiere al Government Pension Fund Global, mientras que la política fiscal establece que, a lo largo del tiempo, las transferencias destinadas al presupuesto deben guardar relación con el rendimiento real esperado del fondo. Desde 2017 ese rendimiento se estima alrededor del 3% anual. Las autoridades noruegas incluso sostienen que, en épocas normales, conviene gastar menos que ese porcentaje para conservar margen frente a crisis económicas o caídas importantes en el valor de los activos.
La lógica es sencilla pero profunda. El petróleo que permanece bajo el mar forma parte del patrimonio nacional y, cuando se extrae, ese patrimonio natural desaparece. La cuestión es qué queda a cambio. Noruega decidió transformar una parte muy importante de esa riqueza en una cartera mundial de activos financieros. No se trata literalmente de separar cada año “capital” y “ganancia”, sino de aplicar una regla que busca preservar, en términos reales y a lo largo del tiempo, el valor del patrimonio acumulado para que también pueda beneficiar a generaciones futuras.
Ese diseño tampoco elimina todos los problemas. El fondo se ha vuelto tan grande que hoy financia más de una cuarta parte del gasto presupuestario noruego, lo que hace que las finanzas públicas sean más sensibles a las fluctuaciones de los mercados internacionales. El propio gobierno advierte además que una enorme riqueza puede convertirse en un colchón que retrase reformas necesarias, reduzca los incentivos para mejorar la productividad o permita postergar decisiones políticamente difíciles. La abundancia bien administrada tampoco elimina la necesidad de gobernar.
Las instituciones son más necesarias durante los años buenos
El problema de cualquier estrategia prudente es político. Cuando aumenta el precio del cobre, del petróleo o del gas y aparecen miles de millones adicionales en las cuentas públicas, las razones para gastarlos suelen ser perfectamente comprensibles. Siempre existen hospitales por construir, salarios por mejorar, jubilaciones insuficientes, rutas pendientes o necesidades sociales que parecen justificar un mayor desembolso.
Por eso la prudencia fiscal no puede depender únicamente de que cada gobierno resista voluntariamente la presión. Algunos países intentaron crear instituciones que dificulten convertir automáticamente una bonanza en gasto. Chile ofrece un caso particularmente útil. Su regla de balance estructural, introducida en 2001, buscó aislar el presupuesto de las fluctuaciones de corto plazo del precio del cobre y del ciclo económico. En lugar de permitir que el gasto siguiera directamente a los ingresos efectivos de cada año, el marco fiscal intentaba estimar cuánto de esos ingresos podía considerarse estructural.
El FMI concluyó que la regla ayudó a preservar disciplina fiscal, mejorar la posición financiera del gobierno y permitir políticas contracíclicas, aunque también identificó problemas de diseño que llevaron posteriormente a reformas destinadas a mejorar su transparencia, flexibilidad y rendición de cuentas. La enseñanza no es que Chile haya encontrado una fórmula perfecta. Ninguna regla fiscal funciona en piloto automático. El punto es otro: durante los períodos de abundancia debe existir alguna institución capaz de distinguir entre aquello que un Estado tiene y aquello que razonablemente puede comprometer para siempre. Paradójicamente, los años buenos son precisamente aquellos en los que esas restricciones resultan más necesarias y menos populares.
No importa solamente cuánto se gasta, sino a qué velocidad
Existe además una limitación que a veces desaparece de la discusión pública: una economía puede recibir una enorme cantidad de dinero y no tener capacidad para utilizarlo productivamente todo al mismo tiempo. Si una renta proveniente del petróleo, del gas o de algún otro recurso se transforma rápidamente en gasto doméstico, aumenta la demanda de construcción, servicios, trabajadores y bienes no transables. Los salarios y los precios pueden subir, el tipo de cambio real apreciarse y las actividades que compiten internacionalmente descubrir que sus costos aumentaron sin que haya ocurrido lo mismo con la productividad.
Es parte de la lógica que dio origen al concepto de enfermedad holandesa. El análisis histórico de De Nederlandsche Bank sobre los ingresos gasíferos muestra que una proporción muy elevada de la renta de Groningen terminó incorporándose a la política presupuestaria y que la utilización de aquellos recursos estuvo lejos de ajustarse al ideal teórico de preservar patrimonio para el futuro.
Mantener parte de una bonanza en activos externos puede servir entonces para algo más que ahorrar: también permite dosificar la velocidad a la que esa riqueza ingresa en la economía doméstica. Esto no significa que un país pobre deba acumular activos financieros en el extranjero mientras carece de infraestructura elemental. Las decisiones entre ahorro financiero, inversión doméstica, reducción de deuda y consumo deben adaptarse a las necesidades y capacidad de absorción de cada economía. La cuestión relevante no es simplemente cuánto gastar, sino cuánto puede gastarse bien.
Ahorrar no alcanza: la riqueza también debe transformarse
Llevada al extremo, la prudencia fiscal puede producir otro absurdo. Un país no se desarrolla porque su gobierno posea una enorme cuenta financiera mientras su infraestructura se deteriora, su sistema educativo pierde calidad o sus empresas funcionan con energía cara y tecnología obsoleta. El objetivo debería ser transformar una riqueza extraordinaria en otras formas de patrimonio.
Ese patrimonio puede ser financiero, como en el caso noruego, pero también puede adoptar la forma de infraestructura productiva, educación, ciencia, salud, tecnología, energía, instituciones o capital humano. El criterio importante no consiste en preguntar si hubo gasto, sino qué quedó después de realizarlo. Una carretera útil, una red eléctrica eficiente, una universidad capaz de formar científicos o una infraestructura digital moderna no son equivalentes a un aumento permanente del gasto corriente, aunque ambas cosas impliquen utilizar recursos en el presente. Una puede ampliar la capacidad futura de producción; la otra puede simplemente elevar las obligaciones que deberán financiarse cuando la bonanza haya terminado.
Esto tampoco significa que cualquier proyecto etiquetado como “inversión” sea deseable. Las bonanzas tienen una extraordinaria capacidad para producir aeropuertos vacíos, industrias eternamente subsidiadas y grandes obras cuya rentabilidad económica nunca fue evaluada seriamente. La abundancia no vuelve buena una mala inversión; a veces simplemente permite que sobreviva durante más tiempo.
Ni fabricar todo ni deslocalizarlo todo
Aquí aparece una segunda conclusión importante de esta serie. Después de décadas de deslocalización industrial y de las vulnerabilidades reveladas por la pandemia, las tensiones comerciales y los conflictos geopolíticos, resulta tentador concluir que cada país debería volver a producir internamente prácticamente todo aquello que consume. Sería sustituir un error por otro.
El comercio internacional y las cadenas globales de valor permiten especialización, economías de escala y acceso a bienes que serían mucho más caros si cada país intentara fabricarlos íntegramente por sí mismo. La OCDE estima que una relocalización generalizada de las cadenas productivas podría reducir el comercio mundial en más del 18% y el PIB real global en más del 5%, sin garantizar siquiera una mayor estabilidad: en más de la mitad de las economías analizadas aumentaría la volatilidad del producto.
Pero la conclusión opuesta también demostró ser demasiado simple. Durante años se asumió que, si una fábrica podía producir algunos dólares más barato en otro país, trasladarla constituía necesariamente una mejora. En ese cálculo aparecían salarios, transporte, impuestos y costos financieros, pero con mucha menor frecuencia se valoraban proveedores, técnicos especializados, matricería, laboratorios, conocimiento tácito, centros de investigación o la capacidad de fabricar en el futuro productos que todavía no existen. Ese fue precisamente el problema analizado en El error de creer que una fábrica es solamente una fábrica.
El equilibrio, por lo tanto, no consiste en elegir entre globalización y autarquía, sino en distinguir entre eficiencia y dependencia. Como vimos también al comparar qué obtuvieron China y Estados Unidos de la globalización, los beneficios agregados del comercio pueden convivir con costos territoriales, industriales y estratégicos muy reales.
La OCDE encuentra además que, después de los grandes movimientos producidos entre 2020 y 2022, la integración de las cadenas globales de valor cambió relativamente poco durante 2023 y 2024. La economía mundial no parece estar avanzando hacia una desglobalización completa, sino hacia una reorganización más selectiva de proveedores, actividades y riesgos. Ése probablemente sea también el camino más razonable para la política industrial.
La pregunta no es qué importamos, sino qué no podemos permitirnos perder
Una economía sofisticada no debería evaluar una capacidad productiva exclusivamente por el precio actual del bien que fabrica. Debería preguntarse qué ocurriría si mañana ese suministro se interrumpiera, cuánto tiempo y dinero requeriría reconstruirlo y si alrededor de esa actividad existe un ecosistema capaz de producir conocimientos, innovación o nuevas industrias.
En muchos casos la respuesta será tranquilizadora. No existe ninguna razón estratégica para fabricar domésticamente cada juguete, cada electrodoméstico o cada pieza sencilla que pueda producirse más eficientemente en otro lugar. En otros casos, sin embargo, la dependencia puede ser mucho más problemática. Determinados medicamentos, semiconductores, sistemas de defensa, tecnologías energéticas, minerales críticos o componentes de infraestructura digital pueden convertirse rápidamente en instrumentos de poder político cuando su suministro depende de uno o dos proveedores.
Pero incluso entonces mantener capacidad no significa necesariamente producir toda la cadena dentro de las propias fronteras. Puede resultar más eficiente diversificar proveedores, compartir producción con aliados confiables, conservar una capacidad doméstica mínima, proteger determinadas etapas de diseño e ingeniería o asegurarse de que el conocimiento necesario para reconstruir una industria no desaparezca por completo. De allí surge una conclusión que quizá sintetice mejor este equilibrio: la resiliencia no exige producir todo; exige no perder aquello que sería extraordinariamente difícil recuperar.
Preservar capacidades no significa congelar la economía
Hay además una diferencia fundamental entre proteger una industria y preservar una capacidad. Una fábrica puede quedar tecnológicamente obsoleta y no tener ningún sentido económico sostenerla indefinidamente. Pero alrededor de ella pueden existir ingenieros, técnicos, proveedores, universidades y conocimientos que sí poseen valor para nuevas actividades.
Una política industrial inteligente debería preocuparse menos por conservar para siempre el mapa productivo del pasado y más por evitar que desaparezcan las capacidades necesarias para construir el siguiente. Eso exige aceptar simultáneamente que algunas empresas cerrarán, que otras tendrán que adaptarse y que determinadas actividades deberán migrar hacia sectores donde el país pueda generar mayor valor. El problema comienza cuando una sociedad confunde el cierre de una empresa ineficiente con la desaparición completa de un ecosistema que tardó décadas en construirse.
En otro artículo de esta serie lo resumimos diciendo que una fábrica no es solamente una fábrica. Aquí podemos completar la idea: tampoco toda fábrica merece sobrevivir. Lo que merece especial atención es aquello que desaparecería con ella.
Los años buenos deberían comprar libertad para los años malos
Una de las mayores ventajas del ahorro público no aparece en la contabilidad patrimonial, sino en la capacidad de reaccionar cuando las cosas salen mal. Un Estado que llega a una recesión con activos líquidos, endeudamiento manejable y credibilidad fiscal puede aumentar temporalmente el déficit, sostener servicios públicos, ayudar al sistema financiero o financiar una emergencia sin desencadenar inmediatamente una crisis de confianza. El que utilizó toda su capacidad durante la expansión suele encontrarse en la situación inversa: debe reducir gastos o aumentar impuestos precisamente cuando la economía atraviesa su peor momento.
El FMI coloca justamente esta función de seguro frente a shocks en el centro de sus propuestas recientes para países ricos en recursos. El planteo pone menos énfasis en calcular con precisión una riqueza futura que inevitablemente será incierta y más en mantener suficiente patrimonio financiero para absorber grandes perturbaciones. Ahorrar durante una bonanza, por lo tanto, no significa solamente trasladar consumo hacia el futuro: significa comprar margen de decisión, y pocas formas de riqueza son más valiosas para un Estado que poder elegir qué hacer durante una crisis.
Estados Unidos enfrenta un problema distinto
Hasta aquí muchos de estos principios resultan directamente aplicables a países que exportan recursos naturales. Estados Unidos requiere una distinción importante. El privilegio del dólar no constituye una renta petrolera y no puede administrarse mediante un fondo soberano que simplemente reciba el dinero que llega del exterior. Su mecanismo es financiero: empresas, bancos centrales, fondos y ahorristas de todo el mundo desean mantener activos denominados en dólares, y esa demanda amplía enormemente el conjunto de inversores dispuestos a financiar al gobierno y a la economía estadounidense.
La Reserva Federal señala que el predominio internacional del dólar continúa apoyándose en el tamaño y fortaleza de la economía estadounidense, la profundidad y liquidez de sus mercados financieros, la apertura a los flujos comerciales y de capitales, y la fortaleza de los derechos de propiedad y del Estado de derecho. En 2024, un índice elaborado por la propia Reserva Federal atribuía al dólar alrededor de dos tercios del uso monetario internacional, una presencia enormemente superior al peso de Estados Unidos en el PIB o el comercio mundial.
Esa situación proporciona ventajas reales: profundidad financiera, gran demanda por activos estadounidenses y la posibilidad de financiarse internacionalmente en la propia moneda. En ¿Por qué Estados Unidos puede vivir con déficits externos que quebrarían a la Argentina? analizamos precisamente cuánto amplía ese privilegio el margen de financiación estadounidense; y en ¿Puede el dólar fuerte haber contribuido a la desindustrialización de Estados Unidos? vimos que esa misma ventaja puede producir tensiones sobre los sectores transables.
Precisamente porque el privilegio descansa sobre la confianza, Estados Unidos enfrenta una versión peculiar de la misma pregunta que recorrimos durante toda la serie. Utilizar una financiación excepcionalmente favorable para mantener déficits permanentes sin aumentar la capacidad futura constituye una cosa; aprovecharla para financiar infraestructura productiva, investigación, formación, energía, tecnología y determinadas capacidades industriales estratégicas constituye otra muy diferente. La paradoja es que el privilegio del dólar debería utilizarse para fortalecer las razones que permiten que el dólar continúe siendo privilegiado.
El problema de fondo remite al dilema de Triffin: el sistema internacional obtiene liquidez y activos seguros de Estados Unidos, pero la provisión persistente de esos activos aumenta a la vez sus compromisos frente al exterior. Confundir ese margen financiero con la desaparición de las restricciones económicas sería la versión estadounidense de la trampa de la abundancia.
De España a Noruega: la pregunta que atraviesa los siglos
Comparar a la España de los Habsburgo con la Noruega contemporánea o con Estados Unidos tiene límites obvios. Sus instituciones, estructuras productivas, sistemas políticos y formas de obtener riqueza pertenecen a mundos completamente diferentes. Pero hay una pregunta que puede formularse en cualquiera de ellos: ¿qué hizo la sociedad con el excedente mientras lo tuvo?
La plata americana amplió durante siglos la capacidad financiera y militar de la monarquía española. El gas permitió a los Países Bajos disfrutar de una enorme renta energética. Noruega intentó convertir parte sustancial de su riqueza petrolera en patrimonio financiero intergeneracional. Estados Unidos dispone de una capacidad de financiación exterior que ningún otro país posee en la misma escala.
No hay una única receta que pueda trasladarse mecánicamente de un caso a otro, pero sí aparece un principio común: una ventaja extraordinaria debería utilizarse para construir capacidades que sigan siendo útiles cuando la ventaja deje de ser extraordinaria.
El verdadero equilibrio
Tal vez la principal conclusión de esta serie sea que las políticas sensatas casi nunca se encuentran en los extremos. No se trata de ahorrar todo ni de gastar todo; tampoco de cerrar una economía para proteger cada puesto de trabajo ni de aceptar cualquier deslocalización mientras reduzca unos centavos el precio del producto final. No hace falta fabricar todo dentro de las fronteras, pero tampoco parece razonable permitir que desaparezcan capacidades cuya reconstrucción podría llevar décadas.
El desafío consiste en preservar suficiente flexibilidad para disfrutar de las ventajas del comercio, la especialización y la financiación internacional sin permitir que esas mismas ventajas destruyan los fundamentos que las hicieron posibles. Por eso el objetivo de una política productiva moderna debería formularse de una manera bastante más modesta que la autarquía y bastante más ambiciosa que la simple búsqueda del menor costo: conservar suficiente capacidad propia como para que la eficiencia no termine convirtiéndose en dependencia.
Eso exige seleccionar, equivocarse, corregir y aceptar que la frontera entre lo estratégico y lo prescindible cambia con el tiempo. También obliga a reconocer que ningún funcionario puede saber hoy cuáles serán todas las industrias importantes dentro de treinta años. Quizá por eso una buena política industrial no debería obsesionarse tanto con elegir qué empresa debe ganar como con garantizar que el país mantenga las condiciones necesarias para que puedan aparecer nuevas empresas ganadoras.
La pregunta con la que termina esta serie
Una gran potencia puede recibir plata de un imperio, descubrir petróleo o gas bajo su territorio o emitir la moneda que utiliza buena parte del planeta. Cada una de esas situaciones genera oportunidades enormes y, al mismo tiempo, una tentación parecida: utilizar la abundancia para postergar decisiones que serían inevitables en su ausencia.
La alternativa consiste en emplear ese margen para hacer exactamente lo contrario: acumular patrimonio, construir infraestructura, mejorar instituciones, desarrollar conocimiento, conservar capacidades productivas relevantes y prepararse para el momento en que el contexto internacional sea menos favorable.
Por eso quizá la pregunta fundamental nunca haya sido cuánto dinero consiguió obtener un país del resto del mundo. La pregunta es qué habrá quedado el día en que esa abundancia deje de llegar.
Si quedan activos, infraestructura, conocimiento, empresas capaces de competir, instituciones confiables y una población más productiva, aquella riqueza extraordinaria habrá servido para construir desarrollo. Si quedan principalmente compromisos difíciles de financiar, deuda y capacidades que ya no pueden reconstruirse, el privilegio habrá terminado convertido en trampa.
Y quizá ésa sea la conclusión que une todos los artículos de esta serie: la riqueza extraordinaria sólo se vuelve desarrollo cuando una sociedad consigue transformarla en capacidades ordinarias.
Bibliografía y lecturas recomendadas
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OECD. Global Value Chain Repositioning: Insights from the 2023–24 TiVA Nowcasting Exercise. OECD Statistics Briefs, 2026. DOI: 10.1787/8c97068d-en. Informe de la OCDE.
Bertaut C, von Beschwitz B, Curcuru S. The International Role of the U.S. Dollar – 2025 Edition. Federal Reserve Board, FEDS Notes, 2025. Reserva Federal.
En esta serie
Artículo 5: El dilema de Triffin explicado sin fórmulas complicadas.
Artículo 6: ¿Por qué Estados Unidos puede vivir con déficits externos que quebrarían a la Argentina?
Artículo 7: ¿Puede el dólar fuerte haber contribuido a la desindustrialización de Estados Unidos?
Artículo 8: China y Estados Unidos: qué obtuvo cada uno de la globalización.
Artículo 9: El error de creer que una fábrica es solamente una fábrica.