Durante décadas, Estados Unidos ha comprado al resto del mundo más bienes y servicios de los que vende. Su déficit de cuenta corriente no constituye un episodio excepcional ni una anomalía transitoria, sino una característica persistente de su relación con la economía mundial. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2025 ese déficit se ubicó en torno al 3,7% del producto y se espera que continúe cerca del 3,5–4% durante los próximos años.
Para muchos países, una situación semejante sería una señal de alarma, porque cuando las importaciones y otros pagos al exterior superan persistentemente los ingresos obtenidos mediante exportaciones y otras fuentes corrientes aparece inevitablemente una pregunta: ¿de dónde salen las divisas necesarias para financiar la diferencia?
Argentina conoce demasiado bien ese interrogante. Buena parte de sus crisis económicas modernas estuvieron acompañadas, en diferentes combinaciones, por déficit externo, pérdida de reservas, endeudamiento, interrupción del financiamiento y devaluación. Estados Unidos, en cambio, ha podido convivir durante largos períodos con desequilibrios externos que resultarían mucho más difíciles de sostener para una economía periférica.
La explicación no es que los principios de la contabilidad internacional dejen de aplicarse cuando se trata de la primera potencia mundial, ni tampoco que Estados Unidos pueda simplemente «imprimir dólares» sin restricciones. La diferencia fundamental es otra: Estados Unidos emite la moneda que utiliza buena parte del resto del mundo y, al mismo tiempo, produce algunos de los activos financieros que el planeta más desea acumular.
Ésa es una diferencia mucho más profunda que simplemente tener una economía más grande.
Comprar más de lo que se vende
La cuenta corriente registra, de manera simplificada, los intercambios de bienes y servicios de un país con el exterior, junto con las rentas de inversiones y determinadas transferencias. Cuando los pagos superan a los ingresos aparece un déficit de cuenta corriente, pero observar solamente ese resultado permite conocer apenas una mitad de la historia, porque inmediatamente surge una segunda pregunta: ¿cómo se financia esa diferencia?
Si una economía realiza pagos externos por 110 y obtiene 100 mediante exportaciones y otros ingresos corrientes, los 10 restantes necesitan una contrapartida financiera. El país puede endeudarse, recibir inversión extranjera, vender activos o utilizar reservas. Como explica el FMI al analizar los desequilibrios externos, la cuenta corriente también puede entenderse desde otra perspectiva: como la diferencia entre el ahorro y la inversión de una economía, mientras que la balanza de pagos establece la correspondiente relación con sus movimientos financieros frente al exterior.
Por eso, el verdadero problema no consiste simplemente en determinar si un país tiene déficit, sino en comprender quién está dispuesto a financiarlo, durante cuánto tiempo, en qué moneda y bajo qué condiciones. Dos economías pueden presentar desequilibrios externos aparentemente similares y, sin embargo, enfrentar consecuencias completamente diferentes si una obtiene financiamiento estable en su propia moneda mientras la otra depende de capitales más volátiles denominados en una moneda extranjera.
El extraordinario caso estadounidense
Aquí comienza a aparecer la diferencia entre Estados Unidos y países como Argentina. Como vimos al analizar el dilema de Triffin en el artículo anterior de esta serie, el dólar no es solamente la moneda utilizada por los estadounidenses, sino también la principal moneda internacional.
Los bancos centrales mantienen reservas en dólares, numerosas empresas de distintos países contraen obligaciones denominadas en esa moneda y una parte considerable del sistema bancario internacional opera con ella. Además, una fracción enorme del comercio y de las finanzas mundiales utiliza dólares incluso cuando ninguna de las partes involucradas pertenece a Estados Unidos. Según la Reserva Federal, en 2024 aproximadamente el 58% de las reservas internacionales oficiales declaradas estaban denominadas en dólares.
Sin embargo, existe un segundo elemento igualmente importante y que muchas veces recibe menos atención: el mundo no quiere solamente dólares, sino también activos denominados en dólares. Bonos del Tesoro estadounidense, depósitos bancarios, acciones, deuda corporativa y otros instrumentos forman parte de uno de los mercados financieros más grandes, profundos y líquidos del planeta.
Por eso, el déficit externo estadounidense presenta una característica excepcional. Mientras muchos países deben salir a buscar financiamiento cada vez que necesitan cubrir una brecha externa, Estados Unidos ofrece de manera permanente una enorme cantidad de activos que gobiernos, bancos centrales, fondos de inversión, empresas y ahorristas de todo el mundo desean incorporar a sus carteras.
Un Treasury es deuda para Estados Unidos y un activo para el resto del mundo
Esta diferencia de perspectiva resulta fundamental para entender el funcionamiento del sistema. Cuando el Tesoro estadounidense emite un bono, para Washington se trata de una obligación que deberá pagar en el futuro, pero para un banco central asiático, un fondo de pensiones europeo, una aseguradora japonesa o un inversor latinoamericano ese mismo instrumento representa un activo financiero caracterizado por un mercado extraordinariamente líquido y por su utilización generalizada dentro del sistema internacional.
A comienzos de 2025, los inversores extranjeros poseían aproximadamente 9 billones de dólares en títulos negociables del Tesoro estadounidense, cerca de un tercio del total, según los datos recopilados por la Reserva Federal. Sin embargo, sería incorrecto concluir que el mundo financia a Estados Unidos exclusivamente mediante la compra de deuda pública, porque la demanda internacional alcanza a una variedad mucho mayor de instrumentos.
Los datos definitivos publicados por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos muestran que, en junio de 2025, los extranjeros poseían aproximadamente 35,3 billones de dólares en títulos estadounidenses. Casi 19,9 billones correspondían a acciones, unos 13,8 billones a deuda de largo plazo y alrededor de 1,6 billones a instrumentos de deuda de corto plazo. Estados Unidos ofrece, por lo tanto, mucho más que Treasuries: ofrece un gigantesco ecosistema de activos financieros que cumple funciones centrales dentro de las carteras y reservas del resto del mundo.
La situación argentina es casi la inversa
Imaginemos ahora que Argentina registra un déficit externo. También necesita encontrar alguien dispuesto a financiar la diferencia entre lo que ingresa y lo que paga al resto del mundo, pero existe una diferencia crucial: el sistema financiero internacional no necesita acumular pesos argentinos para funcionar.
Los bancos centrales extranjeros no mantienen una proporción significativa de sus reservas en pesos, el comercio internacional no se factura masivamente en moneda argentina y los grandes fondos internacionales no necesitan títulos argentinos como componentes esenciales de sus carteras. Argentina puede emitir pesos dentro de su propia jurisdicción, pero no puede generar mediante esa emisión las divisas necesarias para cancelar obligaciones externas ni puede obligar al resto del mundo a aceptar esos pesos a un valor estable.
De allí surge una de las diferencias fundamentales entre ambas economías. Estados Unidos puede emitir buena parte de sus pasivos externos en la misma moneda que controla, mientras Argentina, cuando necesita financiamiento internacional, históricamente ha dependido en mucha mayor medida de una moneda que no puede emitir.
La distinción puede parecer puramente monetaria, pero transforma profundamente la naturaleza de una crisis externa, porque determina quién asume el riesgo cambiario y qué ocurre cuando la moneda doméstica pierde valor.
El problema de deber en la moneda de otro
La literatura económica desarrolló una expresión particularmente gráfica para describir esta dificultad: original sin, o «pecado original». Los trabajos de Barry Eichengreen, Ricardo Hausmann y Ugo Panizza sobre Original Sin y los descalces monetarios analizaron precisamente la dificultad histórica de numerosos países para endeudarse internacionalmente en su propia moneda.
Cuando una economía obtiene la mayor parte de sus ingresos en moneda local pero acumula obligaciones denominadas en dólares aparece un descalce potencialmente peligroso. Mientras el tipo de cambio permanece relativamente estable, la situación puede parecer manejable, pero una depreciación importante modifica rápidamente la relación entre los ingresos domésticos y las obligaciones externas. Una deuda de cien millones de dólares continúa siendo exactamente de cien millones de dólares, aunque la cantidad de pesos necesaria para cancelarla puede aumentar de manera considerable.
Estados Unidos prácticamente no enfrenta este problema respecto de su deuda pública denominada en dólares, porque sus obligaciones están expresadas fundamentalmente en la misma moneda en la que recauda impuestos y que su banco central puede emitir. Esto no significa que pueda endeudarse indefinidamente o sin consecuencias, sino que la naturaleza del riesgo que enfrenta es sustancialmente diferente.
Cuando el financiamiento desaparece
La diferencia se vuelve particularmente visible cuando cambia el humor de los mercados. Durante períodos de optimismo, una economía emergente puede recibir abundantes capitales: los inversores compran bonos, financian empresas, adquieren acciones o mantienen depósitos locales, y mientras esos flujos continúan un déficit externo puede sostenerse sin producir una crisis inmediata.
El problema aparece cuando esa disposición a financiar al país cambia bruscamente. Los capitales financieros pueden modificar su dirección con extraordinaria velocidad y generar lo que la literatura económica denomina sudden stop: una interrupción grande e inesperada de los flujos de capital que puede obligar a la economía receptora a realizar un ajuste mucho más rápido de lo previsto, especialmente cuando existen elevados pasivos denominados en moneda extranjera.
Argentina vivió precisamente uno de estos episodios en 2018. Después de varios años de importantes entradas de capital, el endurecimiento de las condiciones financieras internacionales coincidió con crecientes dudas sobre la sostenibilidad de la deuda argentina y con importantes necesidades fiscales y externas de financiamiento. La evaluación ex post realizada posteriormente por el Fondo Monetario Internacional describe expresamente lo ocurrido como un sudden stop: se produjo una fuerte reversión de los flujos de capital, aumentó la presión sobre el peso, se deterioró rápidamente el acceso al financiamiento externo y el Gobierno terminó solicitando asistencia al FMI en mayo de ese año.
El episodio muestra por qué el problema no consiste simplemente en la existencia de un déficit externo, sino en la estabilidad de los flujos que permiten financiarlo. Una economía puede convivir durante algún tiempo con necesidades importantes de financiamiento mientras los inversores estén dispuestos a proporcionar los recursos necesarios; cuando esa disposición desaparece, el ajuste puede producirse con extraordinaria rapidez.
En Estados Unidos ocurre algo extraordinario
En muchas crisis internacionales aparece un fenómeno que a primera vista puede resultar paradójico. Cuando aumenta la incertidumbre global, numerosos inversores buscan activos considerados líquidos y seguros, y una parte importante de esos activos se encuentra precisamente en Estados Unidos. De esa manera, el país que emite la principal moneda internacional puede experimentar una demanda adicional por algunos de sus activos justamente cuando otras regiones del sistema financiero atraviesan dificultades.
Esto no significa que todos los capitales se dirijan siempre hacia Estados Unidos, que los Treasuries sean inmunes a cambios de precio o que la confianza internacional en el dólar sea incondicional. Significa algo más específico: existe una demanda internacional estructural por activos líquidos denominados en dólares que no tiene equivalente para economías como la argentina.
Esta capacidad constituye una de las manifestaciones más importantes del denominado privilegio exorbitante estadounidense y permite comprender por qué desequilibrios externos que generarían rápidamente dificultades de financiamiento en otros países pueden mantenerse durante mucho más tiempo en Estados Unidos.
Estados Unidos también invierte en el resto del mundo
Hay además otra particularidad que impide describir a Estados Unidos simplemente como un deudor que recibe dinero extranjero para financiar su consumo. Las empresas, los fondos y los residentes estadounidenses poseen enormes cantidades de activos en otros países, por lo que el balance financiero de Estados Unidos frente al mundo presenta dos lados extraordinariamente grandes: extranjeros poseen activos estadounidenses y estadounidenses poseen, a su vez, activos extranjeros.
Durante décadas, diversos economistas observaron que la composición de ambos lados podía resultar favorable para Estados Unidos. El país tendía a emitir hacia el exterior activos relativamente seguros y líquidos mientras sus empresas e inversores mantenían participaciones empresariales e inversiones de mayor riesgo en otros países. Pierre-Olivier Gourinchas y Hélène Rey describieron esta transformación en From World Banker to World Venture Capitalist como el paso de Estados Unidos de «banquero del mundo» a una especie de «capitalista de riesgo del mundo».
Investigaciones posteriores han discutido cuánto persiste actualmente esa ventaja de rendimiento, por lo que sería exagerado tratarla como una característica inmutable del sistema. Sin embargo, la enorme internacionalización del balance financiero estadounidense continúa siendo fundamental para comprender por qué su relación con el resto del mundo no puede analizarse utilizando exactamente los mismos parámetros que se aplicarían a una economía emergente.
Déficit fiscal y déficit externo no son lo mismo
En este punto conviene distinguir dos conceptos que con frecuencia aparecen mezclados en el debate público. Un déficit fiscal se produce cuando el Estado gasta más de lo que recauda, mientras que un déficit de cuenta corriente aparece cuando, considerando al conjunto de la economía, los pagos corrientes al exterior superan los ingresos provenientes del resto del mundo.
Ambos desequilibrios pueden relacionarse, pero no son equivalentes. Un país puede tener déficit fiscal y superávit externo, así como puede mantener equilibrio presupuestario y, simultáneamente, presentar déficit de cuenta corriente. Si un déficit público reduce el ahorro nacional sin ser compensado por un aumento del ahorro privado, puede contribuir a ampliar la necesidad de financiamiento externo, pero esa relación depende también del comportamiento de hogares, empresas, inversión, comercio y flujos internacionales de capital.
El FMI, en su consulta de 2026 sobre Estados Unidos, considera que el elevado déficit fiscal estadounidense contribuye actualmente al desequilibrio externo y analiza su relación con el ahorro nacional, los flujos de capital y el valor del dólar. Sin embargo, reducir toda la cuenta corriente estadounidense a su política fiscal sería tan simplista como explicar su déficit comercial exclusivamente por el nivel del tipo de cambio.
Entonces, ¿Estados Unidos puede endeudarse indefinidamente?
La respuesta es no, aunque la posición monetaria y financiera internacional de Estados Unidos amplía enormemente su margen de maniobra. Ser emisor de la principal moneda internacional no elimina las restricciones económicas ni garantiza que los inversores mantendrán para siempre las mismas preferencias.
Los datos más recientes del Bureau of Economic Analysis muestran la magnitud alcanzada por el balance estadounidense frente al resto del mundo. Al finalizar el segundo trimestre de 2026, los residentes estadounidenses poseían aproximadamente 47 billones de dólares en activos externos, mientras que los extranjeros poseían unos 69,4 billones en activos estadounidenses. La posición internacional neta resultante era negativa en aproximadamente 22,4 billones de dólares.
El Fondo Monetario Internacional ha advertido, además, que una modificación abrupta de las preferencias de los inversores internacionales podría desencadenar un proceso desordenado de ajuste externo. La diferencia vuelve a encontrarse en el punto de partida y en los mecanismos mediante los cuales se produciría ese ajuste.
Para una economía emergente, la pérdida de acceso al financiamiento puede transformarse rápidamente en escasez de divisas, caída de reservas, devaluación y recesión. Estados Unidos, en cambio, dispone de mercados financieros incomparablemente más profundos, se endeuda fundamentalmente en su propia moneda y emite el principal activo monetario internacional. También tiene restricciones, pero esas restricciones no son las mismas ni operan con la misma velocidad que en una economía periférica.
La deuda también puede ser algo que el mundo quiere comprar
Aquí aparece quizá la paradoja más interesante de toda la comparación. Argentina necesita producir bienes y servicios que el mundo quiera comprar para conseguir dólares: alimentos, energía, minerales, manufacturas, software o servicios profesionales. Estados Unidos también necesita producir y exportar bienes y servicios, pero posee además una capacidad excepcional: sus mercados financieros ofrecen activos que inversores, empresas, instituciones financieras y bancos centrales del resto del mundo desean mantener.
Un Treasury constituye una deuda desde la perspectiva del gobierno estadounidense, pero representa un activo líquido para quien lo compra. Una acción estadounidense es una participación sobre una empresa norteamericana y, simultáneamente, un activo que puede formar parte de la cartera de un fondo europeo, asiático o latinoamericano. De esta manera, el déficit externo estadounidense puede financiarse, entre otras vías, mediante la adquisición por parte de inversores extranjeros de activos financieros denominados en dólares, una posibilidad extraordinariamente favorecida por la profundidad de sus mercados y por el papel internacional de su moneda.
Esa capacidad constituye una ventaja extraordinaria, aunque no necesariamente gratuita. Si la demanda mundial por dólares y activos estadounidenses contribuye a sostener una moneda relativamente fuerte y facilita déficits externos persistentes, surge una nueva pregunta acerca de las consecuencias internas de ese privilegio: ¿qué efectos puede tener sobre la estructura productiva del propio Estados Unidos?
Ese será precisamente el problema del siguiente artículo de esta serie: ¿puede el dólar fuerte haber contribuido a la desindustrialización de Estados Unidos?
Fuentes y lecturas
Federal Reserve Board. The International Role of the U.S. Dollar – 2025 Edition.
U.S. Department of the Treasury. Foreign Portfolio Holdings of U.S. Securities as of June 30, 2025.
U.S. Bureau of Economic Analysis. U.S. International Transactions and Investment Position, Second Quarter 2026.
International Monetary Fund. United States: 2026 Article IV Consultation.
International Monetary Fund. Argentina: Ex-Post Evaluation of Exceptional Access Under the 2018 Stand-By Arrangement.
Eichengreen, Barry; Hausmann, Ricardo; Panizza, Ugo. Trabajos sobre Original Sin, descalces monetarios y endeudamiento internacional.
Gourinchas, Pierre-Olivier; Rey, Hélène. From World Banker to World Venture Capitalist: U.S. External Adjustment and the Exorbitant Privilege.
Serie II · El privilegio y la trampa de las grandes potencias
Artículo 6 · ¿Por qué Estados Unidos puede vivir con déficits externos que quebrarían a la Argentina?