¿Existe una mente de izquierda y una mente de derecha?

La psicología política encuentra diferencias reales entre progresistas y conservadores. Pero son tendencias estadísticas, no dos especies humanas ni dos cerebros incompatibles. Tal vez la diferencia más profunda esté en qué peligros morales ve primero cada uno.

Dos personas observan exactamente la misma situación. Una ve una injusticia: alguien tiene demasiado poder, otro demasiado poco, y el sistema debería corregir esa desigualdad. La otra ve un problema diferente: las reglas se están debilitando, la responsabilidad individual desaparece y una institución que mantenía unido al conjunto está siendo erosionada.

Ambas conocen los mismos hechos. Ambas pueden ser inteligentes, educadas y actuar de buena fe. Sin embargo, llegan a conclusiones políticas opuestas.

¿Por qué?

Durante mucho tiempo fue tentador responder de una manera poco sofisticada. Para una parte de la izquierda, el conservador defendía sus posiciones porque estaba mal informado, era demasiado religioso, temía los cambios o simplemente privilegiaba sus intereses. Desde la derecha podía construirse la caricatura inversa: el progresista era ingenuo, desconocía cómo funciona el mundo real o suponía que cualquier desigualdad era consecuencia de una injusticia.

La psicología política de las últimas décadas propone una explicación bastante más interesante: izquierda y derecha pueden diferir, en promedio, en la manera en que priorizan valores, perciben amenazas y construyen sus intuiciones morales.

No significa que exista literalmente un cerebro de izquierda y otro de derecha. Significa que algunas disposiciones psicológicas hacen que determinadas ideas políticas resulten más intuitivas que otras.

Hay, además, una advertencia necesaria. Buena parte de esta literatura fue producida en Estados Unidos y utiliza las categorías liberal y conservative. En este artículo emplearemos progresista y conservador para facilitar la lectura en nuestro contexto, aunque no se trate de equivalencias perfectas. La izquierda y la derecha argentinas no son idénticas a las estadounidenses, y las relaciones entre personalidad, moral e ideología pueden variar según la cultura y según estemos hablando de cuestiones económicas, sociales o culturales.

La moral aparece antes que el argumento

Jonathan Haidt popularizó una idea incómoda para nuestra imagen de seres racionales: muchas veces no llegamos a nuestras posiciones morales después de analizar cuidadosamente los argumentos. Primero sentimos que algo está bien o mal y después buscamos razones capaces de justificar esa intuición.

En La mente de los justos, Haidt utiliza una metáfora memorable. Nuestra intuición sería un enorme elefante y nuestra razón, el jinete sentado sobre él. El jinete puede orientar al animal, pero con frecuencia se limita a explicar hacia dónde ya está caminando.

La política ofrece innumerables ejemplos.

Ante una protesta que corta una avenida, alguien puede experimentar primero empatía hacia quienes reclaman y preguntarse qué injusticia los llevó a esa situación. Otra persona puede experimentar primero irritación frente a la interrupción del orden y preguntarse por qué un grupo debería tener derecho a perjudicar a quienes no participan del conflicto.

El hecho observado es exactamente el mismo. La primera reacción moral no.

A partir de esa intuición, Haidt y sus colaboradores desarrollaron la llamada teoría de los fundamentos morales.

La formulación clásica distinguía cinco grandes dimensiones: cuidado frente al daño, justicia o reciprocidad, lealtad al grupo, autoridad y respeto, y santidad o pureza.

Haidt propuso posteriormente libertad frente a opresión como un posible fundamento adicional. Sin embargo, la teoría continuó evolucionando. La revisión del cuestionario publicada en 2023, conocida como MFQ-2, distingue seis dimensiones: cuidado, igualdad, proporcionalidad, lealtad, autoridad y pureza. En otras palabras, separa dos concepciones diferentes que antes aparecían agrupadas dentro de la justicia: igualdad y proporcionalidad según mérito, contribución o intercambio.

Los trabajos iniciales encontraron una diferencia llamativa. Los progresistas estadounidenses tendían a otorgar mayor peso relativo a cuidado y justicia, mientras que los conservadores distribuían de una manera más equilibrada sus valoraciones entre cuidado, justicia, lealtad, autoridad y pureza.

Un metaanálisis publicado en 2021, que reunió 89 muestras independientes además de una gran base de datos en Internet, confirmó el patrón general, aunque también mostró una importante heterogeneidad entre muestras y culturas.

Esto no significa que a un conservador le importe menos que las personas sufran ni que un progresista carezca de lealtad. Se trata de diferencias relativas.

Un progresista puede considerar moralmente inaceptable una institución porque produce discriminación. Un conservador puede reconocer esa discriminación y al mismo tiempo preguntarse qué consecuencias tendrá eliminar una institución que cumple otras funciones sociales.

Uno ve antes el daño producido por la estructura. El otro puede prestar mayor atención al daño que podría producir su desaparición.

¿Tiene entonces la derecha una moral más compleja?

Es una conclusión tentadora, pero demasiado rápida.

Los primeros trabajos de Haidt mostraban que los conservadores recurrían de manera más uniforme a un número mayor de fundamentos morales. Sin embargo, “utilizar más fundamentos” no significa poseer una moral superior ni una mente más compleja.

También depende de cómo se mida la moral.

Una investigación de Jack Blumenau y Benjamin Lauderdale realizada en Estados Unidos y el Reino Unido encontró que progresistas y conservadores se parecían bastante más cuando debían comparar transgresiones morales concretas que cuando respondían preguntas abstractas acerca de principios morales.

Los autores sostienen que algunas formas tradicionales de medir los fundamentos morales pueden exagerar la distancia existente entre ambos campos.

Esto no refuta la teoría de Haidt, pero obliga a moderar sus interpretaciones más fuertes.

Hay diferencias.

Pero no vivimos necesariamente en dos universos morales incompatibles.

Los Big Five: cinco dimensiones básicas de la personalidad

La psicología política no estudia solamente valores morales. También analiza rasgos generales de personalidad.

Uno de los modelos más utilizados es el de los Big Five, o cinco grandes dimensiones de la personalidad. No divide a las personas en cinco tipos. Cada individuo puede situarse en distintos puntos de cinco escalas continuas.

La primera es la apertura a la experiencia. Incluye curiosidad intelectual, imaginación, interés por ideas nuevas, sensibilidad estética y disposición a explorar formas diferentes de pensar o vivir. Una persona con alta apertura suele sentirse relativamente cómoda ante la novedad y la ambigüedad.

La segunda es la responsabilidad o escrupulosidad, conocida en inglés como conscientiousness. Incluye organización, autocontrol, disciplina, planificación, cumplimiento de obligaciones y capacidad de sostener objetivos.

La tercera es la extraversión, relacionada con sociabilidad, energía, búsqueda de estimulación y tendencia a experimentar emociones positivas.

La cuarta es la amabilidad, que comprende cooperación, confianza interpersonal, empatía y disposición a mantener relaciones armoniosas.

La quinta es el neuroticismo, término histórico que hoy muchas veces se expresa mediante su inverso, la estabilidad emocional. Describe la tendencia a experimentar ansiedad, preocupación, irritabilidad, tristeza y otras emociones negativas.

Ninguno de estos rasgos es una ideología.

Sin embargo, cuando se estudian poblaciones muy numerosas aparecen asociaciones estadísticas.

La más consistente es la relación entre mayor apertura a la experiencia y posiciones menos conservadoras.

Un gran metaanálisis publicado por Danny Osborne, Nicole Satherley y Chris Sibley reunió 232 muestras y 575.691 participantes. La asociación entre apertura y conservadurismo fue negativa y relativamente pequeña, mientras que la relación entre responsabilidad y conservadurismo fue positiva pero todavía menor.

Los propios autores subrayan otro dato importante: esas asociaciones fueron considerablemente mayores en las llamadas sociedades WEIRD, sigla inglesa para occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas, que en sociedades no WEIRD.

Esto obliga a ser especialmente cuidadosos al trasladar resultados estadounidenses o europeos a América Latina.

Las diferencias de personalidad entre izquierda y derecha describen promedios poblacionales. No permiten conocer la ideología de una persona concreta a partir de un test de personalidad.

Tampoco sabemos que la personalidad sea la causa de la ideología.

Un estudio longitudinal de Osborne y Sibley siguió a más de 17.000 personas durante nueve mediciones anuales. Cuando los investigadores separaron correctamente las diferencias estables entre individuos de los cambios que ocurrían dentro de una misma persona, no encontraron evidencia de que una mayor apertura produjera posteriormente una disminución del conservadurismo ni de que el conservadurismo produjera cambios posteriores en apertura.

Personalidad e ideología pueden desarrollarse en paralelo bajo múltiples influencias compartidas.

Aun con esas precauciones, las diferencias promedio permiten imaginar dos preguntas políticas características.

Frente a una institución antigua, una persona más inclinada hacia la apertura puede preguntarse:

¿Por qué seguimos haciendo esto de esta manera?

Otra, más orientada hacia estabilidad y estructura, puede formular:

¿Por qué esta institución sobrevivió durante tanto tiempo y qué podríamos perder si la eliminamos?

Ninguna pregunta es absurda.

Una sociedad que nunca formulara la primera podría quedar congelada en sus tradiciones.

Una sociedad incapaz de formular la segunda podría destruir instituciones útiles simplemente porque son antiguas.

La amenaza y el orden

Otro campo muy estudiado es la percepción de amenazas.

En 2003, John Jost y sus colaboradores publicaron un influyente metaanálisis de 88 muestras provenientes de 12 países y 22.818 participantes. Encontraron asociaciones entre conservadurismo y variables como necesidad de orden y cierre cognitivo, intolerancia a la ambigüedad y sensibilidad frente a determinadas amenazas e incertidumbres.

Durante algunos años estos resultados alimentaron una explicación demasiado sencilla: el conservador tendría una mente especialmente sensible al peligro y por eso buscaría estabilidad, autoridad y orden.

La evidencia posterior obliga a ser bastante más prudentes.

Una revisión sistemática publicada en 2025 examinó 19 estudios sobre conservadurismo y sensibilidad a las amenazas. Once encontraron una asociación positiva, pero el conjunto de resultados fue heterogéneo y los efectos tendieron a ser pequeños o moderados y muy dependientes del contexto, del tipo de amenaza y de la metodología utilizada.

Por eso no sería científicamente correcto concluir simplemente que “los conservadores tienen más miedo”.

Algo parecido ocurrió con la relación entre conservadurismo y asco.

Algunos trabajos encontraron mayor sensibilidad al asco entre conservadores, especialmente en determinados temas relacionados con sexualidad y pureza. Pero investigaciones posteriores mostraron que la relación depende considerablemente de qué estímulos se utilizan.

Un estudio de Julia Elad-Strenger y colaboradores, por ejemplo, encontró que la asociación desaparecía cuando el asco se medía mediante una escala que no dependía de estímulos específicos.

Esto sugiere que quizá no exista una diferencia general y estable en “cuánto asco sienten” progresistas y conservadores, sino diferencias más particulares respecto de qué cosas provocan asco y en qué contexto.

Es una buena advertencia contra las explicaciones psicológicas demasiado sencillas.

El problema de hablar de “dos cerebros”

También existen estudios de neuroimagen que han encontrado correlaciones entre orientación política y pequeñas diferencias anatómicas o funcionales.

El trabajo más conocido fue publicado en 2011 por Ryota Kanai y colaboradores. En una muestra relativamente pequeña de adultos jóvenes encontraron que una orientación más progresista se asociaba con mayor volumen de sustancia gris en la corteza cingulada anterior, mientras que una orientación más conservadora se asociaba con mayor volumen de la amígdala derecha.

Los titulares eran inevitables: “el cerebro conservador” y “el cerebro progresista”.

Pero la historia posterior resultó bastante más interesante.

En 2024, Diamantis Petropoulos Petalas, Gijs Schumacher y Steven Scholte realizaron una replicación preregistrada utilizando resonancias magnéticas de 928 participantes y medidas políticas más detalladas.

Encontraron nuevamente una asociación positiva entre conservadurismo social y volumen de la amígdala, pero el efecto fue muy pequeño: aproximadamente un tercio del observado en el trabajo original.

En cambio, no consiguieron reproducir de manera consistente la asociación entre orientación política y volumen de la corteza cingulada anterior.

Además, estos estudios son correlacionales. No permiten determinar si pequeñas diferencias cerebrales preceden a la orientación política, resultan parcialmente de experiencias acumuladas o dependen de terceras variables.

Por eso resulta mucho más prudente hablar de correlatos biológicos de la orientación política que de un cerebro de izquierda y otro de derecha.

Y mucho menos de un cerebro políticamente superior.

Una diferencia particularmente interesante: qué injusticia vemos

Quizás uno de los puntos más fértiles no sea preguntar quién posee más empatía, sino hacia quién la dirige y qué considera una injusticia.

Una persona progresista puede reaccionar intensamente ante discriminación, desigualdad económica, violencia contra minorías o exclusión social.

Una persona conservadora puede reaccionar con igual intensidad ante una víctima de delincuencia, una comunidad que percibe amenazada su forma de vida, alguien perjudicado por una norma que considera injusta o una persona sancionada por expresar una opinión impopular.

Ambos pueden estar utilizando cuidado y justicia.

La diferencia aparece en qué víctima identifican primero, quién consideran responsable y qué instituciones creen capaces de resolver el problema.

Esta posibilidad resulta especialmente interesante porque una amplia revisión publicada por Nour Kteily y Mark Brandt en Annual Review of Psychology en 2025 sostiene que izquierda y derecha son, en varios aspectos, más parecidas psicológicamente de lo que a menudo supone la literatura o el debate público.

Existen diferencias en personalidad, valores, sensibilidad a amenazas y otras variables.

Pero también existen semejanzas importantes en razonamiento motivado, prejuicios, percepción del adversario y otros procesos psicológicos básicos.

Tal vez muchas diferencias políticas no consistan en poseer emociones morales completamente distintas, sino en dirigir emociones parecidas hacia grupos, causas y amenazas diferentes.

Los dos lados también comparten sus defectos

Existe otra razón para desconfiar de cualquier teoría que otorgue racionalidad a nuestro propio campo político y sesgos solamente al contrario.

El razonamiento motivado no pertenece exclusivamente a una ideología.

Izquierda y derecha pueden seleccionar información favorable, exagerar defectos del adversario, justificar incoherencias de los propios y volverse dogmáticas cuando una cuestión amenaza profundamente su identidad.

Incluso los estereotipos acerca del adversario político tienden a exagerar las diferencias reales.

En un conocido estudio de Graham, Nosek y Haidt se pidió a progresistas y conservadores estadounidenses que predijeran las respuestas morales del otro grupo.

Ambos entendían aproximadamente la dirección de las diferencias.

Pero ambos exageraban su magnitud.

En ese estudio concreto, los progresistas fueron particularmente imprecisos al estimar las respuestas de los conservadores y tendieron a subestimar cuánto valoraban éstos cuestiones relacionadas con cuidado y justicia.

El resultado es interesante, pero no debe transformarse en una ley universal según la cual “la izquierda no comprende a la derecha”.

Lo que sí sugiere es algo más general:

no sólo pensamos diferente; también tendemos a imaginar que pensamos mucho más diferente de lo que realmente ocurre.

¿Existe entonces una mente de izquierda?

Sí, si utilizamos la expresión con prudencia.

Podemos identificar un perfil que aparece estadísticamente con mayor frecuencia entre personas progresistas: mayor apertura a la experiencia, mayor peso relativo de valores vinculados con cuidado e igualdad y, en numerosos estudios occidentales, mayor rechazo de determinadas formas de desigualdad y jerarquía.

Ese perfil puede ayudar a comprender por qué la izquierda suele detectar rápidamente situaciones que interpreta como injusticias estructurales y por qué históricamente ha mostrado mayor disposición a revisar instituciones consideradas heredadas, arbitrarias o discriminatorias.

Su fortaleza potencial es evidente: una sociedad necesita personas capaces de preguntarse por qué una costumbre debería continuar simplemente porque siempre existió.

Pero esas mismas disposiciones pueden presentar riesgos cuando se llevan al extremo.

Una elevada predisposición al cambio puede subestimar la función de instituciones que parecen anacrónicas pero mantienen determinados equilibrios.

Una sensibilidad intensa hacia la desigualdad puede favorecer una lectura excesivamente binaria de algunos conflictos, rápidamente divididos entre víctimas y opresores.

Y una sospecha generalizada frente a las jerarquías puede dificultar reconocer que algunas diferencias de autoridad, experiencia o competencia cumplen funciones necesarias.

No existe, por supuesto, un “izquierdista psicológico” puro.

Son tendencias promedio, con una enorme superposición entre individuos.

¿Existe una mente de derecha?

También podemos hablar, con las mismas precauciones, de un perfil que aparece con mayor frecuencia entre personas conservadoras.

Suele incluir mayor valoración relativa de estabilidad, continuidad, orden, tradición, pertenencia grupal, autoridad legítima y, en algunos estudios, proporcionalidad o mérito frente a igualdad de resultados.

En determinadas investigaciones también aparece una sensibilidad algo mayor frente a ciertos tipos de amenaza, incertidumbre o ruptura del orden establecido, aunque estas asociaciones son pequeñas y dependen mucho del contexto.

Esta sensibilidad puede hacer que el conservador formule una pregunta que el progresista a veces considera secundaria:

¿Qué función cumple aquello que queremos cambiar?

La derecha tiende a desconfiar algo más de la idea de que una institución pueda ser rediseñada sin consecuencias imprevistas.

Puede atribuir valor moral no solamente al resultado inmediato de una política, sino también al mantenimiento de normas, incentivos, responsabilidades y vínculos sociales.

Esa disposición tiene fortalezas evidentes.

Las sociedades necesitan continuidad, transmisión cultural, cumplimiento de reglas y cierto grado de confianza en instituciones que no pueden renegociarse permanentemente.

Pero también aquí aparecen riesgos cuando esas intuiciones se convierten en absolutos.

La defensa del orden puede transformarse en defensa del statu quo simplemente porque existe.

El respeto por la autoridad puede convertirse en obediencia indebida.

La valoración de la tradición puede preservar instituciones injustas.

Y la lealtad al propio grupo puede terminar excluyendo injustamente a quienes quedan fuera.

Tampoco existe un “conservador psicológico” puro.

Hay conservadores extraordinariamente abiertos a experiencias nuevas y progresistas profundamente apegados a determinadas tradiciones.

Tal vez necesitamos las dos sensibilidades

Hay una manera diferente de interpretar todo esto.

Quizás izquierda y derecha persistan no porque una de las dos haya conseguido comprender la realidad y la otra todavía no, sino porque representan problemas diferentes que toda sociedad necesita resolver.

Una comunidad necesita cambiar porque algunas instituciones envejecen, algunas tradiciones perpetúan privilegios y algunas desigualdades resultan injustificables.

Pero también necesita conservar.

No todas las instituciones que heredamos carecen de sentido.

No toda jerarquía constituye opresión.

Y algunas normas existen porque resuelven problemas que podemos haber olvidado.

La sensibilidad progresista pregunta:

¿Quién está siendo perjudicado por el orden existente?

La sensibilidad conservadora pregunta:

¿Qué podemos destruir si modificamos demasiado rápidamente ese orden?

Una sociedad incapaz de formular la primera pregunta puede eternizar una injusticia.

Una sociedad incapaz de formular la segunda puede descubrir demasiado tarde por qué determinadas estructuras existían.

Tal vez por eso el debate político resulta tan persistente.

No estamos solamente discutiendo soluciones diferentes.

Estamos prestando atención a riesgos diferentes.

Y entonces la pregunta interesante deja de ser quién posee la mente moralmente superior.

La pregunta pasa a ser otra:

¿qué puede ver cada uno que al otro le cuesta ver?

En esta serie

Pensamiento contemporáneo — artículo 2: No pienses en un elefante: por qué la izquierda y la derecha no hablan el mismo idioma.

Pensamiento contemporáneo — artículo 3: ¿El hombre primitivo era de izquierda o de derecha? Una prehistoria de nuestras ideologías.

Pensamiento contemporáneo — artículo 4: ¿La IA es de izquierda o de derecha? El futuro de nuestras ideologías.

Bibliografía y lecturas recomendadas

Libro de referencia

Haidt J. The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion. Pantheon Books; 2012. Edición en español: La mente de los justos.