¿Puede el dólar fuerte haber contribuido a la desindustrialización de Estados Unidos?

Estados Unidos posee una ventaja que casi cualquier otro país desearía tener: emite la moneda que buena parte del mundo utiliza para comerciar, ahorrar, endeudarse y acumular reservas. Gobiernos, bancos centrales, empresas, fondos de inversión y ahorristas demandan dólares y activos denominados en dólares, desde bonos del Tesoro hasta acciones y obligaciones privadas, lo que proporciona a la economía estadounidense una capacidad de financiamiento internacional difícil de comparar con la de cualquier otra potencia.

En los artículos anteriores analizamos dos caras de ese privilegio. El dilema de Triffin muestra la tensión que aparece cuando una moneda nacional adquiere funciones globales, mientras que la capacidad estadounidense para sostener déficits externos durante períodos extraordinariamente prolongados está estrechamente relacionada con la disposición del resto del mundo a acumular activos emitidos por Estados Unidos. Sin embargo, queda una tercera cuestión, menos evidente y posiblemente más incómoda: ¿qué ocurre dentro de la propia economía estadounidense cuando el mundo desea comprar permanentemente sus activos financieros?

Una parte de la respuesta puede encontrarse en el precio de su moneda. La demanda internacional de activos estadounidenses puede contribuir a sostener un dólar más fuerte de lo que existiría en otras circunstancias, algo que beneficia a los consumidores al abaratar los bienes importados, pero que puede producir el efecto contrario sobre las empresas que deben competir con productores extranjeros.

Aparece así una paradoja interesante: el mismo privilegio financiero que permite a Estados Unidos financiarse con extraordinaria facilidad puede ejercer presión sobre una parte de su estructura industrial.

Esto no significa que el dólar haya provocado por sí solo la desindustrialización estadounidense. La historia es bastante más compleja, porque la automatización, el aumento de la productividad, el traslado de actividades hacia los servicios, la apertura comercial, las decisiones empresariales, la organización de cadenas globales de producción y la creciente competencia manufacturera internacional desempeñaron papeles fundamentales. La cuestión que vale la pena investigar es más limitada, pero también más interesante: si el papel internacional del dólar actuó como una fuerza adicional que amplificó algunas de esas transformaciones.

Estados Unidos no dejó de fabricar

Antes de avanzar conviene aclarar qué entendemos por “desindustrialización”, porque la palabra puede inducir a una conclusión equivocada. Estados Unidos no dejó de ser una potencia industrial y continúa produciendo enormes cantidades de bienes, además de conservar posiciones extraordinariamente competitivas en sectores como el aeroespacial, farmacéutico, equipamiento avanzado, semiconductores, defensa, energía y numerosas actividades tecnológicas.

Lo que cambió de manera mucho más dramática fue el empleo. Según el Bureau of Labor Statistics, el empleo manufacturero estadounidense alcanzó un máximo de aproximadamente 19,6 millones de trabajadores en 1979 y, cuarenta años después, se encontraba alrededor de 12,8 millones. En 2025, la manufactura todavía empleaba a unos 13 millones de personas y representaba aproximadamente el 13,7% del PIB estadounidense, cifras que muestran simultáneamente dos realidades: Estados Unidos perdió millones de empleos fabriles y peso industrial relativo, pero nunca dejó de ser una enorme potencia manufacturera.

Parte de esa disminución refleja algo que, en principio, constituye una buena noticia económica: el extraordinario crecimiento de la productividad. Una fábrica moderna puede producir mucho más utilizando menos trabajadores que una fábrica de mediados del siglo XX, fenómeno que, con distinta intensidad, ocurrió también en muchas otras economías desarrolladas. Por eso sería incorrecto mirar únicamente la cantidad de trabajadores industriales y concluir que Estados Unidos dejó de producir, pero tampoco sería correcto ir al extremo contrario y atribuir toda la pérdida de empleo manufacturero a la automatización.

La transformación industrial estadounidense debe entenderse como el resultado de varias fuerzas que actuaron simultáneamente y que, en determinados períodos, se reforzaron entre sí.

Cuando una moneda fuerte abarata lo que viene de afuera

El mecanismo cambiario es relativamente sencillo. Cuando el dólar se aprecia, un producto fabricado fuera de Estados Unidos tiende a resultar más barato para un comprador estadounidense, mientras que un producto estadounidense se vuelve relativamente más caro para un comprador extranjero. No todas las empresas reaccionan de la misma manera y existen muchos otros factores que determinan la competitividad, pero la dirección del incentivo resulta bastante clara.

Una apreciación del dólar reduce el precio relativo de los bienes extranjeros, tiende a favorecer las importaciones y dificulta las exportaciones estadounidenses. Para una economía que importa enormes cantidades de bienes, esto beneficia al consumidor porque permite comprar más productos extranjeros con el mismo ingreso; sin embargo, aquello que constituye una ventaja para quien compra puede transformarse en una presión competitiva para quien produce.

Una empresa estadounidense que fabrica maquinaria, textiles, muebles, productos electrónicos o componentes industriales no compite solamente contra la productividad y los costos de una fábrica extranjera, sino también contra el tipo de cambio al cual esos productos ingresan al mercado estadounidense. Si esa situación dura algunos meses, las empresas pueden absorber parte del impacto; cuando se prolonga durante años, en cambio, puede comenzar a modificar decisiones mucho más profundas acerca de dónde construir una planta, dónde localizar proveedores, dónde fabricar componentes y, finalmente, dónde desarrollar el conocimiento necesario para producirlos.

Existe desde hace décadas evidencia de que las apreciaciones reales del dólar pueden afectar la producción, el empleo y los salarios de los sectores manufactureros expuestos al comercio, aunque la magnitud de esos efectos varía considerablemente entre industrias, regiones y períodos. El tipo de cambio, por lo tanto, importa, pero constituye una parte del fenómeno y no una explicación suficiente por sí misma.

¿Por qué el dólar tiende a ser tan demandado?

Aquí reaparece el problema analizado en los artículos anteriores. El dólar no es simplemente la moneda de Estados Unidos, sino también el principal activo monetario del sistema internacional y la moneda dominante en una parte extraordinariamente grande de las transacciones financieras mundiales. La profundidad de los mercados estadounidenses, la liquidez de sus activos, el tamaño de su economía y la confianza histórica en sus instituciones hicieron que inversores de todo el mundo estuvieran dispuestos a mantener una enorme cantidad de riqueza denominada en dólares.

La Reserva Federal estimaba que, en 2024, alrededor del 58% de las reservas internacionales oficialmente declaradas estaban denominadas en dólares. Cuando gobiernos, bancos centrales, empresas y fondos desean acumular activos estadounidenses, una parte del ahorro mundial fluye hacia Estados Unidos y contribuye a financiar una economía capaz de invertir y consumir por encima de su ahorro interno durante períodos mucho más prolongados que la mayoría de los países.

Estos flujos también pueden contribuir a sostener la cotización del dólar, aunque la relación está lejos de ser mecánica. Las tasas de interés, las expectativas de crecimiento, la política monetaria, la percepción de riesgo y muchas otras variables determinan el valor de una moneda. Un estudio de economistas de la Reserva Federal sobre la apreciación del dólar entre 2011 y 2019 encontró que el aumento del ahorro de inversores extranjeros, la diferencia entre las tasas estadounidenses y las del resto del mundo y los cambios en la demanda de activos financieros estadounidenses contribuyeron de manera importante a explicar aquella apreciación.

El privilegio monetario y financiero tiene, por lo tanto, una consecuencia menos evidente: al convertir los activos estadounidenses en uno de los destinos preferidos del ahorro mundial, puede favorecer condiciones compatibles con una moneda persistentemente demandada y con déficits externos que resultarían mucho más difíciles de financiar para otras economías.

Del capital financiero a la fábrica

En términos macroeconómicos, un déficit de cuenta corriente significa que el ahorro nacional resulta insuficiente para financiar la inversión doméstica, diferencia que tiene como contrapartida un ingreso neto de financiamiento desde el exterior. En el caso estadounidense, la disposición internacional a mantener bonos del Tesoro, acciones, deuda corporativa y otros activos permite que ese financiamiento pueda continuar durante períodos extraordinariamente prolongados.

Al mismo tiempo, la demanda de activos denominados en dólares puede ejercer presión alcista sobre la moneda. Si el dólar se fortalece, los productos extranjeros se abaratan relativamente para los estadounidenses, mientras que los productos fabricados en Estados Unidos se encarecen para compradores de otros países. Las importaciones se vuelven entonces más atractivas y determinados exportadores o productores que compiten con ellas enfrentan una presión adicional.

Nada de esto significa que la compra de un bono del Tesoro provoque directamente el cierre de una fábrica. Entre ambos acontecimientos existe una cadena compleja de mecanismos macroeconómicos, movimientos cambiarios, decisiones empresariales, cambios tecnológicos y respuestas de consumidores. Sin embargo, esa complejidad no elimina la conexión entre la capacidad estadounidense para atraer capitales, la persistencia de sus déficits externos y las condiciones bajo las cuales compite su sector manufacturero.

El problema es anterior a China

La cronología resulta fundamental. La transformación manufacturera estadounidense no comenzó con el ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio ni siquiera con el gran crecimiento de las importaciones chinas durante los años noventa. El empleo industrial estadounidense alcanzó su máximo en 1979 y durante la década siguiente Estados Unidos ya discutía intensamente sobre el dólar, el déficit comercial y la pérdida de competitividad de determinados sectores.

La fuerte apreciación del dólar durante la primera mitad de los años ochenta constituye un antecedente especialmente interesante. Las elevadas tasas de interés estadounidenses y las entradas de capital contribuyeron a una importante apreciación de la moneda, mientras aumentaban las tensiones comerciales y manufactureras. Diversos estudios de aquella época encontraron efectos negativos del dólar fuerte sobre sectores industriales expuestos al comercio, aunque con magnitudes diferentes según las metodologías utilizadas.

En aquel momento, además, el principal competidor industrial que preocupaba a Washington no era China sino Japón. Automóviles, electrónica, maquinaria y semiconductores japoneses parecían simbolizar una amenaza creciente a la primacía industrial estadounidense. Las tensiones fueron suficientemente importantes como para que, en 1985, Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y el Reino Unido acordaran en el Plaza Accord impulsar una depreciación coordinada del dólar.

La relación entre moneda fuerte, déficit comercial y presión manufacturera, por lo tanto, ya formaba parte del debate estadounidense antes de que China se transformara en la gran plataforma industrial del mundo.

China amplificó una transformación que ya estaba en marcha

China se incorporó a esta historia cuando la transformación manufacturera estadounidense ya había comenzado. El acercamiento iniciado por Richard Nixon en 1972 fue fundamentalmente geopolítico, mientras que la verdadera apertura económica llegó con las reformas impulsadas por Deng Xiaoping desde finales de los años setenta, la normalización de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos en 1979 y la creación de zonas económicas especiales durante los primeros años de la década siguiente.

Durante los años ochenta comenzaron a construirse las bases de la integración productiva de China con las economías desarrolladas, pero fue en los noventa cuando el proceso adquirió una velocidad mucho mayor. Cuando China ingresó en la Organización Mundial del Comercio en 2001, aquella integración llevaba aproximadamente dos décadas desarrollándose y una década acelerándose intensamente. La OMC no inició el proceso, aunque redujo incertidumbres y contribuyó a que adquiriera una escala todavía mayor.

Los trabajos de David Autor, David Dorn y Gordon Hanson sobre el denominado China Shock encontraron que las áreas estadounidenses más expuestas a la competencia de importaciones chinas sufrieron mayores reducciones del empleo manufacturero y efectos persistentes sobre la participación laboral y los ingresos. En uno de sus trabajos más influyentes, los autores estimaron conservadoramente que el aumento de la competencia importadora china podía explicar alrededor de una cuarta parte de la caída contemporánea del empleo manufacturero estadounidense.

Sin embargo, la cronología impide convertir a China en una explicación única. La expansión manufacturera china se incorporó a una transformación que ya estaba en marcha y terminó amplificándola, pero no la había iniciado. Analizar qué obtuvo cada país de aquella integración y cómo terminó transformando a ambas economías plantea una pregunta diferente; por ahora basta con observar que China añadió una fuerza de enorme magnitud a un proceso previo.

Una fábrica es algo más que los empleos que contiene

Existe además otra dimensión que durante años recibió menos atención. Cuando desaparece una fábrica no necesariamente desaparecen solamente los puestos de trabajo que existían dentro de ella, porque alrededor de una actividad industrial suelen desarrollarse proveedores, talleres especializados, ingenieros, técnicos, fabricantes de herramientas, sistemas logísticos y conocimientos productivos que se transmiten entre empresas y trabajadores.

Una cadena industrial es también una red de conocimiento y, cuando una parte importante de esa red se desplaza hacia otro país, puede ocurrir algo más profundo que una simple reasignación de producción. También pueden trasladarse la capacidad de mejorar productos, desarrollar proveedores, formar técnicos y crear la siguiente generación de tecnologías.

Esta posibilidad explica por qué las decisiones de localización industrial pueden tener consecuencias persistentes. Una vez desarrollado un ecosistema de proveedores y conocimientos especializados, trasladarlo nuevamente resulta mucho más difícil que la decisión inicial de mover una línea de producción.

El dólar fuerte pudo haber amplificado el proceso

Llegamos entonces a la pregunta central. Plantear si el dólar fue responsable de la desindustrialización estadounidense conduce probablemente a una respuesta demasiado simple, porque la evidencia no permite atribuir a una sola variable una transformación económica de semejante magnitud. Resulta mucho más interesante preguntarse si el papel internacional del dólar pudo haber amplificado fuerzas que ya empujaban parte de la producción manufacturera fuera de Estados Unidos.

Desde esta perspectiva, la hipótesis resulta razonable. Existe desde hace décadas evidencia de que las apreciaciones reales del dólar pueden afectar producción, empleo y salarios en sectores expuestos al comercio, aunque la magnitud estimada varía considerablemente. Un trabajo reciente de Paul Bergin, Woo Jin Choi y Ju Hyun Pyun sugiere incluso que realineamientos cambiarios persistentes y los flujos de capital asociados pueden alterar de manera duradera la estructura industrial y las cadenas productivas, llegando bajo determinadas condiciones a producir desindustrialización en el socio comercial.

Se trata de un trabajo reciente y no debería presentarse como un consenso definitivo, pero resulta particularmente interesante porque muestra que los movimientos cambiarios pueden producir efectos que sobreviven al propio movimiento de la moneda.

El dólar, por lo tanto, no necesita haber sido la causa de la desindustrialización para haber formado parte del sistema que favoreció determinadas decisiones productivas. Una moneda persistentemente demandada podía convivir con importaciones relativamente baratas, déficits externos financiables y empresas estadounidenses con incentivos para organizar partes crecientes de sus cadenas de producción fuera del país. La tecnología, la productividad, las decisiones empresariales y la aparición de grandes plataformas manufactureras en Asia completaron un proceso en el que ninguna variable explica por sí sola el resultado.

El privilegio financiero puede tener un costo industrial

Aquí reaparece la conexión con el dilema de Triffin. Emitir la principal moneda internacional proporciona a Estados Unidos ventajas extraordinarias: permite financiarse en su propia moneda, ofrece mercados financieros de enorme profundidad y convierte a sus activos en refugio durante numerosas crisis internacionales. Precisamente porque el mundo desea esos activos, sin embargo, Estados Unidos puede recibir grandes flujos de capital durante períodos prolongados y financiar desequilibrios externos que resultarían mucho más difíciles de sostener para otros países.

Un dólar fuerte aumenta el poder adquisitivo internacional de los estadounidenses, pero simultáneamente puede reducir la competitividad de algunos productores nacionales. El privilegio no desaparece por ello; simplemente sus beneficios y costos no necesariamente recaen sobre los mismos actores.

Durante décadas, los consumidores pudieron acceder a bienes importados más baratos, las empresas pudieron reorganizar internacionalmente sus cadenas productivas y los mercados financieros estadounidenses recibieron enormes cantidades de capital. Al mismo tiempo, determinadas regiones manufactureras quedaron expuestas a una competencia mucho más intensa. Esa asimetría ayuda a comprender por qué una transformación que podía resultar favorable observada desde determinados indicadores nacionales podía producir consecuencias muy diferentes cuando se analizaba desde una ciudad industrial concreta.

El final de una etapa

La integración económica entre Estados Unidos y China tampoco avanzó indefinidamente. Después de comenzar durante los años ochenta, acelerarse intensamente en los noventa y adquirir una nueva escala después de 2001, el primer gobierno de Donald Trump marcó una ruptura política con buena parte del consenso que había acompañado ese proceso. La guerra comercial iniciada en 2018, los aranceles y las crecientes disputas sobre tecnología y cadenas de suministro no terminaron con la interdependencia entre ambas economías, pero mostraron que Estados Unidos comenzaba a evaluar de otra manera los costos industriales y estratégicos de una integración construida durante casi cuatro décadas.

Una consecuencia menos visible del privilegio monetario

Volvamos entonces al punto de partida. El dólar continúa siendo una de las mayores fuentes de poder económico de Estados Unidos, por lo que concluir que el país debería renunciar voluntariamente a ese privilegio para recuperar competitividad industrial sería tan simplista como negar que ese privilegio pueda producir consecuencias sobre su estructura productiva.

Durante décadas, Estados Unidos ofreció al mundo algo que ningún otro país podía proporcionar en la misma escala: una enorme cantidad de activos líquidos denominados en la principal moneda internacional y respaldados por mercados financieros excepcionalmente profundos. La demanda mundial por esos activos ayudó a financiar déficits externos y reforzó la centralidad financiera estadounidense, pero también pudo contribuir a mantener condiciones cambiarias que aumentaron la presión sobre determinados sectores manufactureros.

No existe, por lo tanto, una explicación única de la transformación industrial estadounidense. El dólar no reemplaza a la productividad, la automatización, China, las decisiones empresariales o la globalización como explicaciones; se agrega a ellas.

Tal vez la pregunta correcta no sea si el dólar provocó la desindustrialización de Estados Unidos, sino algo más preciso: ¿pudo el privilegio de emitir la moneda que el mundo desea haber facilitado, durante décadas, un modelo económico en el que resultaba más sencillo financiar las importaciones que preservar determinadas capacidades industriales?

La evidencia no permite responder que ésa haya sido la única causa. Pero tampoco parece razonable excluirla de la historia.

Fuentes y lecturas