Las palabras políticas no se limitan a describir la realidad. También seleccionan qué parte de ella miramos, quién parece responsable y qué respuesta nos resulta moralmente razonable. George Lakoff llamó a esas estructuras ‘marcos’. La psicología política posterior ha mostrado que aprender a hablar dentro del sistema moral del otro puede, en determinadas circunstancias, cambiar una conversación.
Dos personas pueden discutir exactamente la misma política y, sin embargo, parecer incapaces de ponerse de acuerdo incluso sobre cuál es el problema.
Una habla de gasto público; la otra, de inversión social. Una manifestación puede ser vista por una como alteración del orden público y por la otra como ejercicio de un derecho. También pueden hablar de presión tributaria frente a recursos necesarios para financiar servicios comunes. Ante una regulación, una puede verla como límite a la libertad individual y la otra como protección de la parte más débil de una relación desigual.
No necesariamente están mintiendo. Tampoco están necesariamente en desacuerdo sobre todos los hechos.
Están mirando esos hechos desde marcos diferentes.
En el primer artículo de esta serie analizamos la posibilidad de que izquierda y derecha presenten, en promedio, distintas sensibilidades morales. Jonathan Haidt propone que progresistas y conservadores no siempre otorgan la misma importancia relativa a valores como cuidado, igualdad, proporcionalidad, lealtad, autoridad o pureza.
Pero si esas diferencias existen, surge inmediatamente otra pregunta:
¿cómo hablamos con alguien que organiza moralmente el mundo de una manera diferente a la nuestra?
Aquí entra George Lakoff.
Las palabras nunca llegan solas
George Lakoff es lingüista cognitivo y profesor emérito de Lingüística de la Universidad de California en Berkeley. Mucho antes de convertirse en una figura conocida por sus escritos sobre comunicación política, había desarrollado junto con Mark Johnson una idea más general: buena parte de nuestro pensamiento abstracto se organiza mediante metáforas y estructuras conceptuales.
No utilizamos las palabras como simples etiquetas neutrales colocadas sobre una realidad que ya llega perfectamente ordenada.
Cuando escuchamos una palabra, se activa también una red de asociaciones.
Pensemos en “carga”.
Una carga es algo pesado, algo que debemos soportar y de lo que, si fuera posible, preferiríamos liberarnos. Si hablamos de carga impositiva, antes incluso de discutir cuánto debe recaudar el Estado hemos introducido una representación determinada de los impuestos.
Podríamos utilizar otro lenguaje y describirlos como una contribución al financiamiento de bienes comunes.
La realidad material no cambió: continúa existiendo una transferencia obligatoria de recursos hacia el Estado.
Lo que cambió es aquello que nuestra atención destaca.
El primer marco ilumina el costo que soporta quien paga. El segundo ilumina aquello que la comunidad financia con esos recursos.
Ambos pueden describir una dimensión verdadera de la misma realidad.
Por eso el framing —el encuadre— puede resultar políticamente tan poderoso.
No pienses en un elefante
El libro más conocido de Lakoff lleva un título extraordinariamente sencillo: Don’t Think of an Elephant! —No pienses en un elefante—.
La demostración es inmediata.
Si alguien nos dice “no pienses en un elefante”, para comprender la frase debemos activar mentalmente aquello que después se nos pide evitar.
Lakoff utiliza esa pequeña paradoja para ilustrar un problema político mayor: cuando aceptamos el vocabulario del adversario para negarlo, podemos continuar discutiendo dentro del marco que ese vocabulario instaló.
Un político acusado de autoritarismo podría dedicar una entrevista completa a repetir:
“Yo no soy autoritario.”
Cada negación vuelve a colocar el autoritarismo en el centro de la discusión.
Podría intentar otra respuesta:
“Defiendo instituciones con límites al poder, controles independientes y reglas previsibles.”
La discusión ya no gira exclusivamente alrededor del marco impuesto por el adversario. Propone uno alternativo.
Esto no significa que toda negación sea contraproducente ni que las palabras posean poderes mágicos.
La enseñanza importante es más modesta:
quien consigue definir qué clase de problema estamos discutiendo obtiene una ventaja para definir también qué respuestas parecen razonables.
¿Qué es exactamente un marco?
Un marco es una estructura conceptual que organiza una situación.
Cuando hablamos de una “víctima”, imaginamos que alguien sufrió un daño y probablemente exista una causa o un responsable. Cuando utilizamos la palabra “invasión”, aparecen territorio, amenaza, defensores y atacantes. Cuando hablamos de “protección”, aparecen algo valioso, algún peligro y alguien encargado de preservarlo.
La palabra no obliga a aceptar una conclusión. Pero vuelve ciertas relaciones más visibles y deja otras en segundo plano.
En política esto resulta decisivo porque buena parte de las discusiones consiste precisamente en determinar qué clase de situación estamos observando.
¿Un subsidio es una ayuda transitoria a alguien que atraviesa una dificultad o un incentivo que puede prolongar una dependencia? ¿Una empresa extremadamente grande representa eficiencia económica o concentración excesiva de poder? ¿Una protesta que interrumpe el tránsito es el ejercicio de un derecho o la vulneración del derecho de quienes no participan en ella? ¿Una frontera más estricta representa protección de una comunidad o exclusión innecesaria de personas vulnerables?
Los datos importan para responder esas preguntas.
Pero rara vez llegamos a ellos sin alguna interpretación previa acerca de qué problema creemos tener delante.
El padre estricto y el progenitor protector
En Moral Politics, cuya primera edición apareció en 1996, Lakoff propuso una interpretación ambiciosa de las diferencias entre progresistas y conservadores estadounidenses.
Según su teoría, buena parte de las posiciones políticas podría organizarse alrededor de dos modelos familiares metafóricos.
El primero es el Strict Father Model, que podemos traducir como modelo del padre estricto.
En esa familia idealizada, el mundo es potencialmente peligroso y competitivo. Los hijos necesitan aprender disciplina, autocontrol, respeto por las normas y responsabilidad. La autoridad establece límites y las consecuencias de incumplirlos ayudan a formar individuos capaces de desenvolverse por sí mismos.
Trasladada metafóricamente a la política, esa estructura puede hacer intuitivamente atractivos valores como orden, disciplina, seguridad, autoridad legítima, recompensa al esfuerzo y prudencia frente a políticas que podrían alterar incentivos.
El segundo es el Nurturant Parent Model, que podríamos llamar modelo del progenitor cuidador.
En este caso la función familiar consiste en proporcionar seguridad, empatía, cooperación y oportunidades para que cada integrante pueda desarrollar sus capacidades. La disciplina continúa existiendo, pero forma parte de una estructura cuyo objetivo central es cuidar y favorecer la autonomía.
Trasladado a la sociedad, este modelo puede hacer más intuitivas la protección de los vulnerables, la igualdad de oportunidades, la cooperación, los derechos civiles y el uso de instituciones colectivas para reducir daños evitables.
Lakoff vincula el primer modelo principalmente con el conservadurismo estadounidense y el segundo con el progresismo.
Una teoría que también fue puesta a prueba
Durante mucho tiempo podía objetarse que esos dos modelos eran principalmente una interpretación lingüística de Lakoff.
Pero la historia no terminó allí.
En 2020, Matthew Feinberg, Elisabeth Wehling y colaboradores publicaron una extensa investigación destinada precisamente a evaluar empíricamente la teoría de Moral Politics.
Desarrollaron una escala para medir adhesión a valores de familia estricta y de familia cuidadora y comprobaron si esas diferencias permitían predecir posiciones políticas sobre temas aparentemente alejados de la crianza, como impuestos, aborto o matrimonio entre personas del mismo sexo.
A través de varios estudios encontraron apoyo para diferentes componentes de la teoría: los dos modelos se relacionaban con posiciones políticas y también aparecía el fenómeno que Lakoff denomina biconceptualismo, es decir, personas que combinan elementos de ambos esquemas y pueden activar uno u otro según el contexto.
Esto fortalece la idea de Lakoff.
Pero tampoco significa que existan dos clases perfectamente separadas de personas.
Un conservador puede utilizar valores de cuidado. Un progresista puede apreciar autoridad, esfuerzo u orden. Y una misma persona puede organizar dominios diferentes de su vida mediante marcos distintos.
La utilidad de los modelos está en ayudarnos a entender patrones, no en convertirlos en etiquetas individuales infalibles.
Lakoff no escribe desde la neutralidad política
También conviene conocer la posición del autor.
Lakoff no se limita a estudiar el lenguaje político como un observador distante. Buena parte de sus trabajos posteriores, incluido No pienses en un elefante, está explícitamente orientada a mejorar la capacidad de comunicación del progresismo estadounidense.
Esto no invalida su teoría.
Pero sí obliga a separar dos planos.
Uno es el análisis de cómo las metáforas y los marcos organizan el pensamiento.
Otro es el consejo estratégico acerca de cómo debería comunicarse determinada corriente política.
El primero puede evaluarse científicamente. El segundo contiene inevitablemente una preferencia normativa.
Cuando Haidt se encuentra con Lakoff
Aquí aparece uno de los puntos más interesantes de esta serie.
Haidt y Lakoff llegaron desde disciplinas diferentes a intuiciones parcialmente complementarias.
Haidt pregunta fundamentalmente:
¿qué valores morales reciben mayor importancia?
Lakoff pregunta:
¿cómo organizamos lingüísticamente una situación para que determinados valores se vuelvan relevantes?
Podríamos resumirlo de manera simple.
Haidt: ¿qué resortes morales tiene la persona?
Lakoff: ¿qué lenguaje puede activar esos resortes?
Supongamos que queremos defender una política destinada a reducir contaminación.
Una argumentación podría señalar:
“Las comunidades más vulnerables soportan una parte importante de los daños ambientales. Reducir la contaminación es una cuestión de protección y justicia.”
Ese marco enfatiza cuidado, daño e igualdad.
Otra formulación podría decir:
“Tenemos la responsabilidad de conservar nuestro territorio, proteger lo que recibimos y entregar a nuestros hijos un país limpio y menos dependiente del exterior.”
Aquí aparecen continuidad, responsabilidad, familia, pertenencia y conservación.
La política concreta podría ser muy similar.
Su justificación moral no.
El error de hablar siempre nuestro propio idioma moral
Una vez señalado, parece evidente. Pero solemos hacer exactamente lo contrario.
Cuando intentamos convencer a alguien utilizamos espontáneamente las razones que nos convencen a nosotros.
Si valoramos especialmente la igualdad, explicamos por qué una propuesta reduce desigualdades. Quien prioriza la libertad tenderá a mostrar por qué aumenta autonomía. Cuando el orden resulta fundamental, hablamos de reglas. Y si nos preocupa especialmente la cohesión comunitaria, apelamos a pertenencia y responsabilidad compartida.
El problema aparece cuando nuestro interlocutor organiza el mismo asunto utilizando prioridades diferentes.
No escucha necesariamente un argumento falso.
Puede escuchar un argumento que considera moralmente incompleto.
Alguien puede aceptar que una política ayuda a un grupo vulnerable y aun así rechazarla porque cree que produce consecuencias indeseadas sobre incentivos, instituciones o sostenibilidad.
Otro puede aceptar que una medida aumenta eficiencia y continuar rechazándola porque considera injusta la manera en que distribuye sus costos.
Los datos pueden ser exactamente los mismos.
El desacuerdo aparece en qué consecuencias reciben mayor importancia.
El “moral reframing”: hablar desde los valores del otro
Matthew Feinberg y Robb Willer llevaron esta intuición al terreno experimental.
En 2015 publicaron una serie de seis estudios bajo un título muy sugerente: From Gulf to Bridge —del abismo al puente—.
Primero observaron algo bastante humano. Cuando progresistas y conservadores tenían que construir argumentos destinados a convencer al otro campo político, tendían a utilizar sus propios valores morales en lugar de los valores del público al que intentaban persuadir.
Después hicieron algo diferente.
Reformularon posiciones políticas mediante fundamentos morales más cercanos a quienes inicialmente se oponían a ellas.
Este procedimiento recibió el nombre de moral reframing, o reenmarcado moral.
Los estudios abordaron asuntos muy diferentes —matrimonio entre personas del mismo sexo, sistema de salud, gasto militar y adopción del inglés como idioma oficial de Estados Unidos— y encontraron que, en varias de esas situaciones, presentar una posición mediante valores relevantes para el grupo contrario aumentaba su capacidad persuasiva.
No demostraron que pueda convencerse a cualquiera de cualquier cosa.
La conclusión es más interesante:
algunas ideas pueden resultar menos persuasivas simplemente porque las estamos justificando mediante valores que nosotros priorizamos, pero nuestro interlocutor no.
Ecología, pureza y patriotismo
Las cuestiones ambientales se convirtieron en uno de los terrenos más utilizados para estudiar este fenómeno.
Gran parte del discurso ambiental estadounidense tradicionalmente enfatizó daño: contaminación, especies amenazadas, destrucción de ecosistemas y consecuencias para las personas.
Algunos investigadores se preguntaron qué ocurriría si la misma protección ambiental se expresara también utilizando valores que suelen tener más peso relativo entre sectores conservadores.
En 2016, Christopher Wolsko, Hector Ariceaga y Jesse Seiden realizaron tres experimentos en los que una argumentación ambiental incluía valores como respeto por la autoridad, pureza de la naturaleza y patriotismo.
Los conservadores expuestos a ese encuadre mostraron, en varias medidas, un desplazamiento en dirección más favorable a la protección ambiental.
Otros trabajos introdujeron además la identidad de quien comunica.
Kristin Hurst y Marc Stern encontraron en 2020 que un mensaje ambiental formulado mediante fundamentos morales conservadores podía ser más efectivo entre participantes conservadores, especialmente cuando provenía también de una fuente percibida como perteneciente al propio grupo.
El resultado sugiere algo intuitivamente razonable:
no importa solamente qué se dice.
También puede importar quién parece estar diciéndolo.
Pero no existe una fórmula mágica
Aquí aparece nuevamente la importancia de las replicaciones.
La literatura sobre reenmarcado moral no produce siempre los mismos resultados.
En 2026, Marlene Voit, Mathias Twardawski y Moritz Fischer publicaron una replicación preregistrada del trabajo ambiental de Wolsko y colaboradores.
Realizaron un estudio conceptual en Alemania con 269 participantes y una replicación directa en Estados Unidos con 743.
En ninguno de los dos casos el mensaje basado en valores conservadores consiguió reducir la diferencia entre progresistas y conservadores en actitudes e intenciones ambientales.
La conclusión no es que el reenmarcado moral “no funcione”.
Es que no funciona inevitablemente.
La situación cultural también importa. Un estudio de 2025 con 699 participantes de habla turca replicó parcialmente un trabajo anterior: los mensajes basados en santidad aumentaron las actitudes favorables al ambiente entre los participantes más conservadores, mientras otros efectos esperados no aparecieron.
El contexto modifica el resultado.
Palabras como patriotismo, pureza, autoridad, igualdad o libertad no significan exactamente lo mismo en Estados Unidos, Alemania, Turquía o Argentina.
El moral reframing parece ser una herramienta real, pero no una contraseña psicológica capaz de abrir automáticamente la mente del adversario.
Los hechos siguen importando
Hay una interpretación equivocada de Lakoff que conviene evitar.
Si los marcos importan, podríamos concluir que los hechos dejan de importar.
No es así.
Un buen marco no convierte una afirmación falsa en verdadera.
Una política continúa produciendo consecuencias independientemente de cómo la llamemos.
El encuadre ayuda a explicar por qué un mismo conjunto de hechos puede adquirir significados diferentes, no por qué podamos prescindir de esos hechos.
Supongamos que un gobierno reduce determinada partida presupuestaria.
Podemos hablar de “ajuste”, “reducción del gasto”, “ordenamiento fiscal”, “recorte” o “racionalización del Estado”.
Cada expresión destaca una dimensión distinta.
Pero ninguna resuelve las preguntas empíricas decisivas: cuánto se redujo, dónde, quién resultó afectado, qué consecuencias produjo y qué alternativas existían.
Una discusión democrática necesita ambas cosas:
buenos datos y conciencia de los marcos con los que interpretamos esos datos.
El vocabulario político argentino
Aquí debemos alejarnos todavía más del modelo estadounidense.
En Argentina las palabras poseen su propia historia.
El ejemplo más evidente es “liberal”.
En gran parte de la bibliografía política estadounidense, liberal designa posiciones que en América Latina llamaríamos progresistas o de centroizquierda. En Argentina, en cambio, “liberal” suele asociarse con liberalismo económico, defensa del mercado, limitación del Estado y, más recientemente, corrientes libertarias generalmente ubicadas hacia la derecha.
Por eso en esta serie utilizamos deliberadamente progresista y conservador cuando trasladamos al español latinoamericano investigaciones formuladas originalmente con las categorías estadounidenses liberal y conservative.
No es una equivalencia perfecta.
Pero evita una confusión mucho mayor.
Algo semejante ocurre con “Estado”, “pueblo”, “mercado”, “derechos adquiridos”, “ajuste”, “casta”, “justicia social”, “orden”, “represión” o “libertad”.
No son palabras vacías.
Cada una transporta décadas —algunas, siglos— de conflictos políticos.
Una persona escucha “regulación” y puede pensar en protección frente a un abuso.
Otra escucha exactamente la misma palabra y piensa en una burocracia interfiriendo entre individuos capaces de decidir por sí mismos.
Quizás parte de nuestra dificultad para dialogar no comience cuando discutimos las respuestas.
Comienza mucho antes, cuando ni siquiera estamos formulando la misma pregunta.
¿Hablan distinto la izquierda y la derecha?
Conviene ser prudentes aquí.
Hay evidencia de que preocupaciones morales diferentes pueden dejar rastros distintos en el lenguaje y de que progresistas y conservadores utilizan con diferente frecuencia determinados fundamentos morales en algunos contextos.
Pero sería demasiado fuerte afirmar que existe un “diccionario progresista” y otro “diccionario conservador” universal.
En términos generales, argumentos progresistas pueden otorgar más importancia a daño, igualdad, exclusión o relaciones de poder, mientras que argumentos conservadores pueden destacar proporcionalidad, continuidad, pertenencia, autoridad u orden.
Pero ambas tradiciones pueden utilizar cualquiera de esos conceptos.
La izquierda puede apelar a autoridad.
La derecha puede denunciar injusticias.
Ambas reivindican libertad.
Ambas pueden decir que protegen a los vulnerables.
Muchas disputas políticas no enfrentan a alguien que valora la libertad contra alguien que no la valora.
Enfrentan a dos personas convencidas de que libertades diferentes están siendo amenazadas.
Lo mismo sucede con la justicia.
Para una persona, justicia puede significar reducir desigualdades.
Otra puede entenderla como aplicar las mismas reglas a todos.
Una tercera puede asociarla con mantener proporcionalidad entre esfuerzo, contribución y recompensa.
La palabra puede ser la misma.
El marco no.
¿Se puede hablar con alguien que piensa distinto?
Sí.
Y probablemente ésta sea la consecuencia práctica más importante de todo lo anterior.
Ser progresista o conservador no vuelve automáticamente a una persona más o menos capaz de dialogar.
La dificultad aumenta cuando la identidad política se convierte en una identidad moral total.
En ese momento, el desacuerdo ya no se interpreta como diferencia acerca de prioridades, consecuencias o medios.
Se interpreta como información acerca del carácter moral del otro.
Si alguien discrepa conmigo y mi primera conclusión es que necesariamente debe ser egoísta, ignorante, autoritario, ingenuo o cruel, la conversación probablemente haya terminado antes de comenzar.
Esto no es patrimonio exclusivo de una ideología.
La literatura sobre sesgo partidario muestra que ambos campos pueden juzgar de manera más favorable información compatible con sus propias preferencias políticas.
El problema no es solamente qué pensamos.
También importa qué creemos que revela sobre una persona el hecho de pensar diferente.
¿Cómo hablar con un progresista?
La respuesta derivada de Haidt, Lakoff y los estudios de reenmarcado sería: no asumir que basta con presentar nuestros propios valores.
Si una persona concede especial importancia a daño, igualdad, protección de vulnerables o abuso de poder, una propuesta será más comprensible si puede mostrar honestamente qué relación guarda con esas preocupaciones.
Esto no significa adoptar una posición progresista.
Significa intentar expresar las dimensiones reales de nuestra propuesta que también son relevantes dentro de ese marco moral.
Quien quiera defender una política de seguridad, por ejemplo, puede hacerlo únicamente en términos de autoridad y castigo.
Pero también puede preguntarse:
¿quién queda más expuesto cuando el espacio público se vuelve inseguro y quién dispone de menos recursos privados para protegerse?
El argumento continúa siendo favorable al orden y la seguridad.
Pero incorpora también protección y desigualdad.
Algo parecido puede hacerse con la estabilidad fiscal.
En vez de presentarla exclusivamente como virtud de austeridad, puede explicarse por su relación con la continuidad de servicios, previsibilidad económica y capacidad futura del Estado para proteger a quienes dependen de él.
La condición ética es fundamental:
el argumento debe ser verdadero.
No se trata de inventar una justificación progresista para vender una política incompatible con ella.
Se trata de reconocer dimensiones que quizá nuestro propio lenguaje político tiende a ignorar.
¿Y cómo hablar con un conservador?
La misma lógica funciona en sentido inverso.
Una propuesta presentada únicamente mediante igualdad o protección puede resultar incompleta para alguien preocupado además por reglas, estabilidad, pertenencia, proporcionalidad o consecuencias no previstas.
Una política migratoria, por ejemplo, puede defenderse exclusivamente desde la dignidad de quien migra.
Pero también puede explicarse como la construcción de un sistema con reglas claras, procedimientos previsibles, integración ordenada y capacidad estatal para distinguir situaciones diferentes.
La propuesta puede continuar siendo relativamente abierta.
El marco incorpora orden, reglas, continuidad y pertenencia.
Una política ambiental puede formularse en términos de justicia climática.
También puede hacerlo mediante conservación del territorio, independencia energética, responsabilidad entre generaciones o protección del patrimonio común.
Nuevamente, la condición es la misma:
el marco debe expresar una dimensión auténtica de la propuesta.
Si no, dejamos de estar comunicando y comenzamos a manipular.
El límite está más en el dogmatismo que en la etiqueta
No existe evidencia seria de que simplemente pertenecer a la izquierda o a la derecha vuelva imposible el diálogo.
Sí sabemos que ambos campos pueden mostrar sesgo partidario y razonamiento motivado.
Un metaanálisis de 51 estudios experimentales, con más de 18.000 participantes, encontró niveles similares de sesgo partidario promedio entre progresistas y conservadores cuando las condiciones permitían compararlos de manera equivalente.
Esto no significa que todas las formas de rigidez sean idénticas en ambos lados ni que no existan diferencias en determinados dominios.
Significa algo más limitado pero importante:
ningún campo posee el monopolio psicológico del autoengaño político.
Las posiciones más extremas pueden, además, asociarse en ciertos contextos con una mayor convicción de que las propias creencias son superiores a las de los demás.
Por eso puede ser más útil preguntar cuánto forma parte una creencia de la identidad de una persona que limitarse a preguntar si esa persona es progresista o conservadora.
Cambiar una opinión es relativamente fácil cuando sólo implica corregir una creencia.
Es mucho más difícil cuando se experimenta como una traición al propio grupo.
Persuadir no es conceder
Comprender el marco del otro tampoco significa aceptar sus premisas.
Uno puede considerar equivocada una posición conservadora y reconocer que detrás de ella existe una preocupación genuina por estabilidad, seguridad o continuidad.
Del mismo modo, puede rechazarse una propuesta progresista sin negar que detrás de ella exista una preocupación auténtica por sufrimiento, desigualdad o abuso de poder.
Esta distinción es fundamental.
Comprender no significa conceder.
En realidad, comprender mejor al adversario permite discutir con mayor precisión.
La alternativa consiste en combatir una caricatura.
El peligro de convertir la comunicación en manipulación
Aquí aparece una objeción inevitable.
Si podemos adaptar un argumento a los valores del interlocutor, ¿no estamos hablando simplemente de manipulación?
Puede serlo.
Una campaña política puede estudiar miedos, prejuicios y vulnerabilidades psicológicas para explotarlos deliberadamente.
Pero no todo reenmarcado es engañoso.
Supongamos que una política ambiental realmente puede reducir contaminación, disminuir dependencia energética y conservar recursos para generaciones futuras.
Presentarla ante una audiencia mediante justicia ambiental y ante otra mediante independencia energética no implica necesariamente mentir.
Ambas afirmaciones pueden ser verdaderas.
La cuestión ética consiste en distinguir si el marco revela una dimensión auténtica de la propuesta o inventa una dimensión que no existe.
El reenmarcado puede utilizarse para manipular.
Pero también puede ser una forma de empatía intelectual:
intentar explicar una idea utilizando valores que el otro realmente comprende y considera importantes.
El objetivo inicial no debería ser ganar
Hay una diferencia enorme entre hablar para derrotar al otro y hablar para que pueda entendernos.
En buena parte de la comunicación política contemporánea, el verdadero destinatario no es el adversario.
Es la propia tribu.
Las redes sociales recompensan especialmente este comportamiento. Una frase que ridiculiza al campo contrario puede recibir aplausos inmediatos de quienes ya están convencidos y, al mismo tiempo, hacer casi imposible persuadir a quienes están fuera del grupo.
Lakoff y la investigación sobre reenmarcado moral sugieren otra estrategia.
Si realmente queremos persuadir, debemos abandonar temporalmente una comodidad:
hablar exclusivamente nuestro propio idioma moral.
Eso exige intentar descubrir qué teme el otro, qué considera injusto, qué instituciones valora y qué consecuencias intenta evitar.
No significa aceptar sus conclusiones.
Significa reconocer la posibilidad de que haya llegado a ellas desde preocupaciones morales genuinas.
Quizás una conversación política productiva podría comenzar con una pregunta sencilla:
¿qué valor estás intentando proteger?
Sólo después tiene sentido explicar por qué nuestra propuesta también puede protegerlo o por qué creemos que la solución elegida terminará perjudicándolo.
Eso transforma la discusión.
Ya no se trata de:
“Vos no entendés.”
Sino de:
“Entiendo qué estás intentando proteger. Mi desacuerdo es sobre cómo hacerlo.”
Las palabras también forman parte de la política
En el artículo anterior de esta serie terminamos con una pregunta:
¿qué puede ver cada sensibilidad política que a la otra le cuesta ver?
Ahora podemos agregar otras dos:
¿somos capaces de explicar aquello que vemos utilizando un lenguaje que el otro pueda escuchar?
Y, todavía más difícil:
¿somos capaces de reconocer el valor que el otro intenta proteger antes de intentar convencerlo?
Tal vez la polarización no se deba solamente a que queremos cosas diferentes.
También puede ocurrir que hayamos aprendido a describirlas utilizando vocabularios que colocan automáticamente al otro a la defensiva.
George Lakoff probablemente lleva demasiado lejos algunas de sus interpretaciones políticas, y el poder persuasivo del reenmarcado moral es menos universal de lo que sugerían los primeros estudios.
Pero dejó una intuición difícil de ignorar:
las palabras con las que discutimos una política ya contienen una interpretación de esa política.
Haidt nos ayuda a comprender por qué dos personas pueden priorizar valores diferentes.
Lakoff nos recuerda que esos valores necesitan un lenguaje.
Y la investigación experimental introduce una posibilidad especialmente interesante para sociedades polarizadas:
quizás escuchar al otro no consista solamente en dejarlo hablar.
Quizás también requiera aprender su idioma moral sin necesidad de convertirnos a él.
Bibliografía y lecturas recomendadas
Obras de George Lakoff
Lakoff G. Moral Politics: How Liberals and Conservatives Think. University of Chicago Press. Primera edición, 1996; ediciones posteriores revisadas.
Lakoff G. Don’t Think of an Elephant! Know Your Values and Frame the Debate. Chelsea Green Publishing. Primera edición, 2004; edición revisada, 2014.
Lakoff G, Johnson M. Metaphors We Live By. University of Chicago Press, 1980/1981.
Evidencia empírica y estudios de reenmarcado
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En esta serie
Pensamiento contemporáneo — artículo 1: ¿Existe una mente de izquierda y una mente de derecha?
Pensamiento contemporáneo — artículo 3: ¿El hombre primitivo era de izquierda o de derecha? Una prehistoria de nuestras ideologías.
Pensamiento contemporáneo — artículo 4: ¿La IA es de izquierda o de derecha? El futuro de nuestras ideologías.